Aquel muchacho llamado José iba todos los domingos a la función del Cine Variedades. Proyectaban la película a las diez de la mañana y había que estar después de las nueve comprando los boletos para agarrar cupo.
Josecito -así lo llamaban sus amigos- compraba un boleto para el palco que en aquel tiempo costaba veinte centavos, luneta valía diez y galería, cinco centavos. En el palco frente al sitio donde el muchacho acostumbraba sentarse se ubicaba una cipota muy bonita llamada Elsy. Desde que ella se sentaba, él no tenía más ojos para nadie, la miraba intensamente y mentalmente le declaraba su amor.
A veces no miraba la película y se conformaba con ver a la niña de sus sueños. No le declaraba su amor personalmente. Pertenecía a una de las familias adineradas de la capital. Ella lo sabía y miraba por momentos la película y de nuevo clavaba sus ojos en Josecito. Sabía que era correspondido por la linda muchacha. Después de cada función se llevaba el recuerdo de la figura de Elsy.
Un domingo, él no llegó al cine y ahí fue cuando a Elsy le palpitó el corazón con fuerza. No podía creer que ella, la hija de un hombre rico, se pudiera enamorar de un muchacho pobre. Era realidad: Cupido le había clavado su flecha en el corazón. Cuando salió del cine buscó inútilmente a Josecito y no lo vio. Discretamente le preguntó a uno de sus amigos: Y ese milagro que anda solo... ¿y su amigo? El cipote la vio y respondió: Ahh, es que Josecito se fue con la abuelita para Talanga; creo que dentro de dos días regresan.
Elsy iba enferma cuando regresó a su casa. Padecía de asma y cuando algo la afectaba emocionalmente, la atacaba esa cruel enfermedad. Elsy fue atendida por el médico de la familia, llamado de inmediato por sus preocupados padres. Poco a poco fue mejorando con los medicamentos adecuados. Las crisis eran tremendas cada vez que se emocionaba. En esta ocasión era diferente. Era una mezcla de amor y tristeza por no haber visto a Josecito, el muchacho pobre de Talanga.
Pasó la semana y de nuevo llegó el domingo. A las nueve en punto de la mañana, Josecito estaba comprando su boleto para palco. Se sentó en el sillón acostumbrado y fijó su mirada en la butaca vacía. Elsy se tardaba. Esta vez fue él el desconcertado, miles de preguntas pasaron por su mente. ¿Y si se la llevaron para Estados Unidos? Andará en la costa con los papás? O tal vez ya viene cerca del cine... ¿y si algo le pasó? Inquieto, se movía en su asiento y lanzaba miradas a todos lados. Comenzó la película y Elsy no llegaba.
Cuando salió del Cine Variedades buscó afanosamente con su mirada a la mujer de sus sueños. Nunca le había dicho nada. únicamente los unían sus miradas. Aquella semana se le hizo larga, muy larga y tediosa. ¿Qué te hiciste, amor, por qué no llegaste? Del pueblo natal de Josecito llegaron dos de sus familiares, uno de ellos era su abuelo Simón, hombre viejo y muy sabio, con la sabiduría natural que Dios le da a la gente humilde. Te veo muy raro, Josecito, no me digas qué te pasa, únicamente te puedo decir que muy pronto vas a estar contento. El muchacho acompañó a sus parientes para ayudarles en las compras que harían en el mercado y por la tarde regresaron a su adorada Talanga.
Cuando José volvía de acompañar a sus familiares de la terminal del transporte del barrio La Concordia, se le ocurrió entrar en el parque a ver las réplicas de las Ruinas Mayas y de pronto vio a la linda Elsy, que tenía una bolsa con arroz y les daba de comer a las palomitas. Los nervios lo atacaron y trató de esconderse, pero ella lo vio. Josecito... qué casualidad, ven para que juntos les demos de comer a las palomitas. Él se acercó tímidamente y extendió sus manos y la niña le puso una pequeña porción de arroz en ellas. Fue muy divertido, era la primera vez que se hablaban. Tomados de la mano recorrieron el parque hasta que ella dijo: Tengo que irme, Josecito, papá me está esperando cerca de aquí. Nos vemos el domingo en el cine.
Al despedirse, Elsy se acercó a Josecito y le dio un beso en la boca. Acto seguido salió corriendo hasta desaparecer por uno de los portones del parque. El muchacho se llevó la mano a los labios. Bien dijo mi abuelito que pronto iba a estar contento. Esto es un sueño para mí. Cuando mis amigos se den cuenta, se van a morir de un ataque, ja, ja, ja, ja. Salió del parque y se fue a su casa.
Caminaba como entre nubes y al pasar por la iglesia Los Dolores vio una gran cantidad de personas en el atrio y creyó que se trataba de la celebración de una misa. La curiosidad lo obligó a entrar y poco a poco fue reconociendo a varias personas, entre ellas, a los papás de Elsy. Se colocó en una fila para ver a la persona muerta y al llegar al féretro quedó helado. La muerta era la bella Elsy, la que acababa de estar con él en La Concordia. Casi se desmaya del susto. Logró sobreponerse y salió corriendo como loco de la iglesia.
De lejos, en el cementerio general vio cómo lanzaban las últimas paladas de tierra sobre el ataúd. Lloró cuando todos se fueron. Acostado sobre la tumba, tenía partido el corazón. Pasaron los años. José se convirtió en un hombre y fue él quien me contó esta historia de amor. Ya de adulto iba al Cine Variedades y cuando apagaban la luz siempre miraba los ojos de Elsy. Aún vive en mi mente su mirada inolvidable.