15/12/2025
05:16 PM

La agonía

Jorge Montenegro presenta: La agonía

    Martina se llamaba la mujer más visitada de aquella aldea de Olancho. Llegaban de todas partes, hasta del exterior del país, ya que la fama de la mujer había traspasado las fronteras patrias. No había hechizo que ella desconociera, entre sus libros figuraban “El tesoro de San Cipriano”, “Pactun”, “Curas gnósticas”, “Magia blanca”, “Los secretos de la bruja” y otros. Una mujer joven, delgada y bonita le dijo a Martina:

    -Quiero que mi marido se enferme y muera, he dejado de quererlo por sus malos tratos conmigo. ¿Se puede, Martina?
    -Todo depende de tu dinero - dijo la mujer.

    Martina lo que quiere es ganar dinero, lo demás no le importa. Después de preparar una bebida, Martina le entregó a la muchacha un muñeco de cera, unos alfileres y unas cintas de colores rojo, verde y amarillo, luego le dio las instrucciones para matar al hombre lentamente de forma que pareciera una enfermedad.

    Un hombre de aspecto tosco, curtido por el sol, manos gruesas y callosas, de vello liso y bigote ralo consultó con Martina:

    -Esa jodida me gusta, pero no me para bola, anda con un catrín que es ingeniero. Se la quiero quitar, quiero que sea mi mujer y que me obedezca como un perro.

    -Te va a costar caro porque ella está muy enamorada.

    -No me importa, la quiero, aunque tenga que matar al ingeniero.

    Martina lo quedó viendo:
    -Vas a llevar unos polvos con los que vamos a correr a ese catrín y a ella le vas a dar una toma.

    La gente de la aldea casi no hablaba con Martina, le tenían pánico, habían sucedido cosas terribles con personas que la insultaron y menospreciaron, muchos le hablaban, la saludaban y raras veces conversaban con ella. Una mañana, Martina fue a la única pulpería de la aldea cuyo propietario la mantenía bien surtida, allí compraba los puros, especias y otras cosas que utilizaba en sus hechizos. Dentro de la pulpería estaba un anciano que iba de paso, su caballo estaba atado en un cerco de enfrente. Marto, que así se llamaba el pulpero, contestó el saludo de la mujer:
    -Voy a atender al anciano, luego la atenderé a usted.

    La mujer vio de reojo al anciano y con voz fuerte le habló a Marto:

    -Este viejo tonto puede esperar, tengo muchas visitas y necesito mis cosas ya. Aquí está la lista.

    El anciano no se dio por aludido, siguió mirando los artículos y productos que había en el establecimiento comercial. Marto se disculpó con su cliente:

    -Es que ella es buscada por muchas personas y la están esperando. Disculpe que la atienda primero.
    El anciano se encogió de hombros sin decir nada.

    Martina quedó mirando al anciano con desprecio y con una risa socarrona le dijo:
    -Óigame señor, ¿no hay agua en el lugar donde usted vive? Parece que tiene dos años de no bañarse. Aquí todos nos bañamos je, je, je, je.

    Marto embolsó los pedidos de la mujer, le pasó la cuenta y le dijo en voz suave:

    -Deje en paz a ese viejito, no sabemos de dónde es, es la primera vez que viene aquí.

    La mujer se sintió incomoda con aquellas palabra y respondió:

    - Vale más que sos mi amigo, Marto, de los contrario ya te hubiera metido un sapo en la panza.

    El anciano se dio vuelta y mirando a la mujer le dijo con voz fuerte:

    -Me llamo Elías, como el profeta. Soy de San Juan y jamás me he burlado de nadie, ese poder que ahora tiene la llevará a la muerte, pero sepa una cosa señora, no va a poder morirse y tendrá que llamarme en su agonía para pedirme perdón. Buenas tardes.

    Acto seguido salió de la pulpería, subió a su caballo y abandonó la aldea. Martina comentó:
    -Ese viejo esta loco.

    Dos años después Martina seguía recibiendo visitas de aquellas personas que no tienen fe en Dios y depositan su confianza en los demonios, pagaban por hacer el mal, por conseguir dinero, mujeres, placeres, etc. Lo que la gente ignora es que Dios no cobra por sus favores por su infinita bondad, mientras que el reino de las sombras cobra... y muy caro.

    Una noche Martina sintió que se quedaba sin respiración, como si la estuvieran ahorcando, se tiró de la cama desesperada y buscó agua para tomar. Escuchó que fuera de la casa cantaban miles de ranas, por primera vez en su vida sintió miedo, las ranas callaron y todo quedó en silencio. Martina regresó a su cama, se quedó sentada, recostada en la almohada y sus nervios se crisparon al escuchar lamentos y voces.

    Al amanecer, los familiares de Martina la encontraron demacrada, increíblemente había bajado de peso, su respiración era pausada, posteriormente la trasladaron al hospital de Tegucigalpa y a pesar de su deplorable estado de salud los exámenes y diagnósticos de los médicos no encontraron síntomas de ninguna enfermedad. De nuevo la llevaron a la aldea y cada día que pasaba bajaba más de peso y agonizaba, con un agonía que parecía que se iba a morir y no moría. Una noche, en medio de su terrible agonía, le pidió a sus hijos:
    -Busquen en San Juan a un señor que se llama Elías, es un anciano que tiene una cicatriz en la cara. Tráiganlo a la casa, sólo así podré morir en paz.

    Dos días después regresaron con el viejo Elías, pidió a todos que se fueran y lo dejaran solo con ella en su lecho de muerte.

    -Dios es bueno -dijo el viejo- el único bueno. Vas a arrepentirte de tus maldades ahora mismo, le vas a pedir perdón al Dios verdadero para salvar a tus hijos.

    Martina, haciendo un gran esfuerzo, clamó:

    -Perdón, Señor… perdón por haber dejado guiar por los demonios, condéname a mí, pero salva a mis hijos, que son inocentes.

    El anciano dijo con voz fuerte: -En el nombre de Jehová que se te conceda el perdón.
    Cuando Martina expiró su cuerpo se elevó en el aire hasta llegar al techo, la casa se meció como sacudida por un terremoto, afuera todos estaban orando. El viejo salió de la casa, se arrodilló, hizo la señal de la cruz y desapareció. La mujer había muerto después de una larga agonía.