11/05/2026
08:50 PM

Hacinados y enfermos los niños en el Ihnfa

Antes de entrar en los centros estatales de refugio, los niños y adolescentes en riesgo social vivían bajo la lluvia y el sol, recibían gritos y golpes, no tenían qué comer y eran violados.

Antes de entrar en los centros estatales de refugio, los niños y adolescentes en riesgo social vivían bajo la lluvia y el sol, recibían gritos y golpes, no tenían qué comer y eran violados.

Ahora que están bajo la protección del Estado, sus condiciones de vida han superado lo crítico, pero siguen siendo malas. La calamidad en que permanecen estos menores quedó al descubierto tras el recorrido de un equipo de LA PRENSA en el hogar Nueva Esperanza, en Casitas Adolescentes y en el centro pedagógico El Carmen.

El personal de estos centros hace milagros con el presupuesto que las autoridades gubernamentales han asignado para la protección, alimentación, educación, salud y todas las necesidades de los pequeños.

Hacinados y enfermos

La peor parte de esta crisis es la de los pequeños de entre cero y doce años que están en el hogar Nueva Esperanza.

En este sitio, los infantes no sólo comparten sus tristezas, sino sus enfermedades, pues a algunos les toca dormir en habitaciones sin ventilación, con hedor a orines y paredes sucias.

Entre sus dolencias están enfermedades de la piel como la escabiosis, un tipo de sarna producida por parásitos, y además tienen diviesos causados por bacterias. Sólo en el área de sala cuna hay unos treinta niños atendidos apenas por tres niñeras que trabajan por turnos.

En esa misma sala hay varios menores de diferentes edades con problemas mentales. En una habitación donde lo único que hay son ocho camarotes duermen más de treinta niños y niñas de tres a cinco años. El aire acondicionado está en mal estado y no tienen ni un ventilador. Algunos con mejor suerte comparten espacio en el mismo camarote, mientras a otros les toca dormir en colchonetas en el suelo. Está el cuarto de las niñas de seis a doce años y los varones han sido divididos en dos grupos: de seis a nueve y de nueve a doce.

El centro posee cuatro habitaciones compartidas por 160 niños, aunque la capacidad es para 120. Los más grave es que en las mismas habitaciones están revueltos los niños sanos con los que tienen epilepsia, parálisis cerebral, esquizofrenia y otro tipo de problemas mentales. Según las autoridades del Ihnfa, no hay un lugar especial para los niños con enfermedades mentales, que necesitan tratamiento especial y atención individualizada. “Queremos separar a la población infantil porque los niños con problemas psiquiátricos son agresivos y ya han atacado al personal y a otros menores”, informó Lucila Otero, directora del centro. Para dar respuesta a los menores con problemas mentales, el Ihnfa tiene ya un local en el barrio Medina, pero se requiere presupuesto para aplicar el programa.

Mientras tanto, deberán permanecer revueltos y esperar este proyecto.

Cuatro lempiras por niño

La razón principal de esta situación es el poco presupuesto. Según un informe de gestión del Ihnfa 2006-2008, existe una plaza de administrador ejecutivo cuyo salario es de 60,000 lempiras y esa misma cantidad es el presupuesto del hogar Nueva Esperanza.

Estas cifras indican que un empleado de esta institución gana mensualmente lo que asignan para alimentar a 160 niños. Es decir que a diario corresponden cuatro lempiras para cada infante, que no ajustan ni para un tiempo de comida.

Otero dice que si no fuera por las donaciones de personas particulares y organizaciones extranjeras, no lograrían cubrir todos los gastos. “Se necesitan como 200 mil lempiras para todas las necesidades, incluyendo exámenes para los que están enfermos”, aseveró Otero. La mayoría de los menores en este lugar se caracterizan por andar descalzos, usar zapatos viejos o chancletas. Visten ropa vieja y tienen el cabello desgreñado.

Adolescentes sin opciones

Al Ihnfa le compete administrar Casitas Adolescentes.

El presupuesto de este centro es de 50,000 lempiras, es decir, 10,000 menos que el Nueva Esperanza. Según un informe del área administrativa, se requieren como mínimo 125,000 lempiras mensuales para los gastos.

A este lugar van a dar todas las menores de entre 12 y 18 años en riesgo social. Muchas han sido víctimas de abuso físico y psicológico, maltrato, violaciones, utilizadas para prostitución y venta de drogas, pero el centro no cuenta con psicólogos para brindarles tratamiento adecuado. Ellas también viven en hacinamiento y muchas no reciben ni visita de sus familiares.

“El presupuesto se distribuye en alimentación, transporte, elementos de limpieza, medicamentos, calzado y ropa. Es imposible cubrirlo todo y hacemos gestiones de donaciones con otras organizaciones”, señaló Diana Rivas, directora.

En Casitas Adolescentes hay más de cien jovencitas y capacidad para sesenta. Entre ellas hay tres embarazadas, cuatro viven ahí con sus hijos menores de dos años y ocho sufren problemas mentales. Para todas hay únicamente 48 camas distribuidas en dos habitaciones. Este año se espera construir una sala de maternidad para las niñas embarazadas y para las que tienen a sus bebés. Según las estadísticas que manejan, día de por medio ingresa una menor.

Son llevadas por los Juzgados, la Fiscalía, Policía y familiares y algunas ingresan voluntariamente.

Infractores con mejor suerte

De los tres centros en la ciudad, el que está en mejores condiciones físicas e higiénicas es el pedagógico El Carmen. Ahí hay 101 menores infractores que han cometido delitos como robo, asociación ilícita y violaciones. Nehemías Cruz, director del establecimiento, informó que tienen capacidad para 120 menores y un presupuesto de 60,000 lempiras.

En este lugar, los adolescentes no tienen muchas opciones para rehabilitarse, pues hay un solo taller de panadería que funciona a medias debido a la falta de instructor permanente.

También trabajan en la agricultura y les dan clases de primaria y secundaria. Los más peligrosos, de las maras 18 y MS, están en celdas separas para evitar enfrentamientos. Los niños en riesgo social y los víctimas de delitos e infractores sufren la indiferencia de sus padres, de la sociedad y del Gobierno.

“Siento tristeza de estar aquí”

“Yo maltrataba a mi mamá y por eso me trajo aquí, pero estoy arrepentida, no me gusta el ambiente porque las güirras mucho pelean.

Además casi todos comemos lo mismo; desayunamos galletas y avena, almorzamos espaguetis y arroz y cenamos frijoles con mantequilla y tortilla. Nunca comemos pollo ni carne.

Por la noche todas duermen acompañadas, pero yo no porque reporté a una güirra marimacha que una noche me tocó las chiches. A ella le levantaron un informe y ahora duerme en el mismo cuarto de las que tienen retraso mental.

Los días de visita son tristes porque no a todas vienen a vernos y por eso se fugan cipotas. Sólo colocan cinco cubetas pegadas al muro por el lado de la pila. Ahí la serpentina está mala. A veces me han dado ganas de irme y ya he intentado escaparme. Es fácil, pero me da miedo porque no quiero que me pongan un informe.

Me dan ganas de escapar porque me hace falta mi familia y mi mamá, siento tristeza de estar aquí”.