02/05/2026
06:18 PM

'Hacía mis guantes para jugar béisbol”

Ha sido taxista, transportista, tramitador y regidor; pero sus mayores satisfacciones se las ha dado el deporte.

Por la época en que José Enrique Bonilla y Rosaura Velásquez se conocieron, San Pedro Sula comenzaba a darse aires de gran ciudad con sus casas y tiendas que parecían apretujarse alrededor del parque Luis Alonzo Barahona, paseo obligado de los vecinos en domingos y días festivos.

Una banda tocaba en el quiosco del viejo parque aquel 31 de diciembre, cuando el muchacho de figura liviana vio por primera vez a la damita con la que luego se casaría a escondidas de los padres de ella.

Era costumbre que los caballeros caminaran en una sola dirección alrededor del parque y las damas lo hicieran en sentido contrario como si se tratara de un juego para buscar pareja.

Después del paseo por el parque, José Enrique, o Quique, como es más conocido, iría a bailar al salón Tropical, pero los amigos de Rosaura lo convencieron para que fueran mejor al Sula de La Lima que estaba en su apogeo. “Cuando regresamos de bailar, ya éramos novios”, dice Quique como para hacer más corta su historia de amor.

Al que no le gustó aquel maratónico romance fue a Alfonzo, padre de Rosaura, quien estuvo a punto de anular el matrimono civil de la pareja, cuando un infidente amigo de Quique le contó que ya eran esposos.

Lejos de desbaratarse la unión conyugal, terminó de afianzarse con la boda religiosa que ofició un padre que casualmente había sido catedrático del novio en el instituto San Vicente de Paúl.

Por ese tiempo Quique Bonilla ya era un apasionado de los deportes especialmente del béisbol que muy poco practicaban los sampedranos, pero que el muchacho supo darle lustre.

Desde que estaba en la escuela Ramón Rosa del barrio Miguel Paz Barahona, el cipote le daba duro a la pelota chica con bates improvisados o la atrapaba con guantes de lona que los mismos jugadores hacían. “Para hacer los guantes tomaba la medida dibujando la mano sobre la lona y luego costuraba las piezas”, comenta Bonilla.

Por eso dice que su vida ha sido un jonrón, aunque también le atraía todo lo que olía a competencia. No en balde una de las ligas de softbol lleva su nombre y el año pasado fue galardonado como uno de los Quijotes del Deporte por parte de la Confederación Deportiva Autónoma de Honduras.

También dan testimonio de su gloria en las diferentes ramas del deporte los muchos trofeos y diplomas que tapizan las paredes de su casa. Formó los dos primeros equipos de basquetbol de la ciudad y dio pase a equipos nuevos de fútbol como el Pedro de Alvarado.

Cuando fue directivo del cuadro Marathón y llegaban los jugadores fichados en el extranjero, allí estaba Quique Bonilla para hospedarlos y buscarles alimentación.

“Comían en la casa de mi suegra (ya fallecida). Todavía le deben 17 mil lempiras en concepto de alimentación y hospedaje”, dice con una sonrisa que contrasta con su semblante casi siempre severo.

De taxista a funcionario

El deporte lo único que le ha dado son honores y satisfacciones. Los ingresos económicos siempre los obtuvo de su trabajo como tramitador de documentos y en algún tiempo como transportista, aunque en esta actividad al final le fue mal.

Fue uno de los primeros sampedranos en entenderle al trámite de traspasar vehículos, obtener un permiso de explotación o solicitar una licencia para conducir.

Se volvió ducho en esos menesteres, como primer secretario de la Asomoproh (Asociación de Motoristas Profesionales de Honduras).

El cargo era ad honórem. Lo que le daba de comer era el trámite de documentos que hacía en la planta baja de la Gobernación Política, donde ahora funciona una oficina de la Policía de Investigación.

También fue conductor de un taxi de la empresa ávila, en los tiempos en que comenzaba a organizarse este tipo de transporte público y la carrera valía un lempira.

Ese fue su primer paso para enrolarse en el transporte, del que con los años llegó a ser director para la zona noroccidental. Llegó a tener una pequeña flota de taxis y buses del transporte urbano, pero el negocio se vino a pique por la irresponsabilidad de los conductores.

“Cuando yo miraba que era tarde y los taxistas no llegaban a reportarse, los iba a buscar a los comajones (burdeles) y allí los hallaba gastando el pisto de la carreras”, dice. Pero el mayor revés como transportista lo sufrió cuando le fundieron un bus que había comprado de paquete, el más grande que había en la ciudad por aquel entonces.

Un jueves se lo entregó la agencia y el sábado fue contratado para hacer una excursión a Choluteca, adonde jugaría el equipo Marathón. “El lunes por la madrugada el vehículo ya debería estar de regreso, pero creí que tal vez se había retardado porque era un bus lento”.

Cuando Quique llegó a su oficina por la mañana, encontró al motorista que lo esperaba sentado en la acera para darle la mala noticia.

No le habían puesto el empaque al tapón del aceite debido a lo cual el tanque se vació sin que el motorista se diera cuenta porque no se le ocurrió checar el motor. Tenía solamente 20 años Bonilla cuando un amigo lo embaucó para que se metiera en la política. Así fue que llegó a ser regidor nacionalista en la administración del liberal de Jerónimo Sandoval Sorto, no para lucrarse del cargo, según dice.

En una ocasión, la Corporación le pidió que acompañara a la marimba Usula a Nueva Orleans para lo cual le daban 7,500 dólares para viáticos, que él rechazó olímpicamente argumentando que no recibiría dinero por ir a pasear.

También se opuso a un aumento de 50% al sueldo de los regidores, que en ese tiempo era de 2,500 lempiras mensuales.

Los años lo jubilaron de todas esas actividades, aunque no deja de tramitar documentos para no perder la costumbre. Ya ni siquiera juega softbol ni béisbol. “Ahora lo único que hago cuando voy al campo es recoger pelotas”, comenta.