Fátima Deras, periodista de formación, nunca imaginó que cambiaría las palabras y el micrófono por pétalos y arreglos florales. Su negocio de flores en el barrio Guamilito de San Pedro Sula se ha convertido en su pasión y sustento.
A través de su relato, descubrimos cómo superó obstáculos, transformó críticas en fuerza, y encontró en el arte de las flores una manera de conectar con la comunidad y su propia esencia.
Desde una edad temprana, Fátima siempre tuvo una inclinación por el arte. “Desde que era muy pequeña, me ha gustado dibujar y decorar,” recuerda con una sonrisa nostálgica.
En el colegio, su talento floreció y fue reconocido, permitiéndole participar en actividades artísticas. Sin embargo, las flores no formaban parte de su visión futura hasta que la vida, con sus giros inesperados, la llevó al barrio Guamilito de San Pedro Sula.
Fue gracias a la familia de su esposo, Carlos, que Fátima descubrió el mundo de las flores. “Me di cuenta que me gustaba y podía desarrollarme en el arte de las flores, fusionando eso que desde niña me ha gustado: crear cosas y ver caras de alegría cuando reciben mi producto,” comenta Fátima.
Sin embargo, este cambio de carrera no estuvo exento de desafíos. Al iniciar su puesto de flores en el barrio Guamilito, enfrentó críticas y comentarios desalentadores de quienes subestimaban su nuevo trabajo, diciendo que había pasado de trabajar en un medio de comunicación a vender flores en una calle de San Pedro Sula.
A pesar de las críticas, encontró un apoyo incondicional en su esposo, quien siempre creyó en su talento y determinación. “Siempre he sabido lo que quiero y mi esposo me ha apoyado en todas las decisiones que tomo,” afirma con determinación.
Resiliencia
Adaptarse al mundo de las flores no fue fácil, pero Fátima pronto encontró su camino. Innovó al ofrecer ramos en los estantes y, a pesar de la competencia, sus ventas crecieron, especialmente a través de las redes sociales.
Fátima también llevó su herencia cultural al diseño floral. Al principio, replicó los diseños tradicionales de la familia de su esposo, pero pronto quiso ofrecer algo diferente.
“Trataba de realizar arreglos que no fueran tan arcaicos, porque mis clientes de redes sociales son más exigentes y es un público más joven,” explica. Esta actualización de estilo le permitió conectar mejor con sus clientes y expandir su negocio.
Un día típico en su puesto de flores comienza con la recepción de mensajes y pedidos, seguido del mantenimiento de las flores.
Carlos, su esposo, describe con cariño su rutina diaria: “Le damos el debido mantenimiento a cada producto, cambiando el agua y cortando los tallos para ofrecer los mejores arreglos. Siempre al pendiente de las redes sociales, ya que es nuestro medio de venta.”
Uno de los momentos más gratificantes para Fátima fue el 21 de septiembre de 2023, el día de la flor amarilla. “Fue una fecha que nos agarró de imprevistos, recibía una venta tras otra,” recuerda emocionada. Al final del día, todas las flores habían sido vendidas, dejando a Fátima con una sensación de logro y satisfacción.
Para Fátima, ser emprendedora en Honduras significa enfrentar dificultades y trabajar arduamente. La economía inestable y las críticas pueden ser desalentadoras, pero su determinación la ha mantenido firme.
“Mi consejo es que sean atrevidas, únicas y que aprendan a ser amigas de los clientes, porque incluso de ellos aprendemos a diario,” aconseja a otras mujeres que deseen iniciar su propio negocio.
Visión
Fátima tiene grandes sueños para su negocio. “Mi meta es hacer crecer la marca y llegar a ser una de las distribuidoras más grandes de Honduras,” dice con ambición. Además, planea fusionar sus conocimientos periodísticos para impulsar su microempresa y seguir estudiando.
Hoy en día, Fátima ya ha logrado convertir su emprendimiento en una distribuidora floral, expandiendo su alcance y llevando su arte a otros emprendedores que también desean hacer arreglos florales.
Con un local más amplio y una visión clara, Fátima y Carlos están decididos a dejar una huella en la industria floral de Honduras. “Decidimos retirarnos de la famosa 7 calle para crecer y dejar atrás el antiguo local,” explica Carlos. Juntos, trabajan arduamente para hacer de su negocio un éxito, enfrentando cada desafío con determinación y amor por lo que hacen.
Fátima ve el papel de las pequeñas empresas como crucial para el desarrollo económico de Honduras. “Gracias a ellas se genera empleo, dando sustento a muchas familias,” afirma. Su historia es un testimonio de perseverancia y pasión, un recordatorio de que con esfuerzo y dedicación, los sueños pueden florecer, incluso en los lugares más inesperados.