Se crió moldeando el barro en los talleres de alfarería de su padre en Santa Rosa de Copán y ahora es el mayor fabricante de productos elaborados con ese rústico material en este sector.
José Raúl Villeda tendría unos seis años cuando comenzó a amasar la arcilla en bruto, como hacen los escolares con la plastilina para hacer figuras. Su padre era un verdadero alfarero descendiente de salvadoreños, que le enseñó a usar sus manos para elaborar diferentes productos. Así le fue conociendo los secretos a aquel material que extraían de los cerros cercanos a las quebradas, a tal grado que ahora todos en Cofradía, donde vive, lo conocen como “Chepe Barro”.
Gracias a ese seudónimo fue fácil encontrarlo en su taller de la colonia Arévalo, en la parte alta de Cofradía. La víspera de la Navidad lo tenía atareado y junto a sus operarios trabajaba para cumplir con los pedidos de “Santas” y venados que tiene que entregar.
Mientras unos colaban y amasaban el lodo, otros lo colocaban en los moldes y más allá estaban los que pintaban las figuras después de haberlas sacado del horno.
Leones devaluados
En un estante puede apreciarse la gama de productos ya terminados que no parecía haber salido de aquel barro oscuro que “Chepe” manda a sacar en camión de las faldas de El Merendón.
No sólo había figuras navideñas, sino las que el artesano vende durante toda la época del año: adornos para las casas, alcancías, budas, tecolotes y los símbolos de los diferentes equipos de fútbol de la liga nacional.
“Las que más se están vendiendo son las águilas del Motagua, por el triunfo del domingo”, comentó “Chepe”. Un bromista operario que lo escuchaba agregó que “por cada águila que vendemos, regalamos un león y dos búhos del España, de chemis”.
José Raúl Villeda sostiene una de las muchas figuras que ha creado a base de ingenio.
El taller no es más que una galera que Villeda ha construido en la parte trasera de su casa, donde hay que caminar con cuidado para no caer en las tortas de lodo que se enduran en el piso de tierra o en las pilas donde se tamiza el material.
Cerca está el horno antiguo hecho de ladrillos donde en vez de galletas salen las creaciones del artista del barro. Su taller ha sido, además, escuela, de la cual han salido otros artesanos a instalar sus propia industria.
Hay clientes que prefieren escoger las figuras luego de que salen del horno para pedirle al artesano que se las pinte a su gusto o darles un toque especial a fin de que parezcan de mármol. Por ejemplo, los gansos se ven mejor de un solo color, blanco o café, sirven de adorno y también como alcancías.
“Ésa es la ventaja de algunas de estas figuras, tienen esa doble función, como los cerditos y las gallinitas”, manifiesta Villeda.
Un equipo de vendedores se dedica a distribuir la mayor parte de los productos en los centros comerciales, lo cual enorgullece al artesano porque dice que su pequeña empresa permite el sustento a otras familias. “Les doy el producto al por mayor a determinado precio, para que obtengan su ganancia”, agrega.
Herencia de familia
Recordó los tiempos en que ayudaba a su padre a hacer los gallos de barro que se usaban antes a fin de mantener siempre fresca el agua para beber.
Esas artesanías fueron el patrimonio de toda su familia, incluyendo de sus abuelos originarios de El Salvador.
Indicó que para ello utilizaban la técnica del torno, distinta a la que usa actualmente, que es a base de moldes fabricados por él mismo. Villeda dice que su padre aún trabaja el barro, pero con aquellos viejos métodos que requerían más la habilidad de las manos.
Dijo que su progenitor sí es un verdadero alfarero, porque forma las figuras con las manos, mientras le va dando vuelta al torno con un pedal.
Eso requiere de mayor trabajo y paciencia, por ello él optó por fabricar las piezas en serie valiéndose de los moldes. Solamente a las cabezas de algunos animales como los venaditos les dan forma sus empleados con los dedos.
Villeda se encarga ahora sólo de dirigir su taller, pues ha logrado entrenar debidamente a sus trabajadores en las técnicas que aprendió desde niño, para sacar adelante toda la producción.
No le molesta que le digan “Chepe Barro”, más bien lo enorgullece y le da prestigio, dice. Muchas de las personas que preguntan por él en la comunidad para comprarle sus productos creen que su apellido es Barro, pero aclara que es de los Villeda de Ocotepeque, de donde emigró su familia para Copán.
Posteriormente él se vino para la costa y estableció su centro de operaciones en Cofradía, desde donde ha saturado el comercio sampedrano con sus productos. Esas figuras que parecen de porcelana y decoran los comedores que se venden en puestos callejeros no tienen marca extranjera, sino el sello invisible de “Chepe Barro”.
Budas
Son cotizados en los puestos esotéricos de los mercados sampedranos entre las personas que creen atraen la buena suerte. Buda era un hombre que a través de su esfuerzo y perseverancia consiguió liberarse del sufrimiento de forma definitiva.
Venados
Se les relaciona con la Navidad porque estos animalitos halan el trineo de San Nicolás cuando cruza el espacio en busca de los niños para regalarles juguetes, según la tradición, por eso se venden mucho en esta temporada.
Las figuras que representan a los equipos de la liga se cotizan de acuerdo a la posición que ocupen en el campeonato.
Las hay con forma de cerditos y gallinitas. Sirven como adornos y para fomentar el hábito de ahorro entre los niños. “ Están tan bien elaboradas que da pesar romperlas cuando ya llega la hora de sacarles el dinero”, dice el artesano.
Misterios
Muchas de las personas que elaboran nacimientos prefieren las figuras de barro que representan al Niño Dios, San José y la Virgen, con los demás elementos que incluyen en el misterio, como la mula y el buey. Hay figuras de varios tamaños.
Gansos
Por su gran tamaño son apropiados para adornar las esquinas de las salas, aunque hay quienes prefieren colocarlos en los jardines. Otros piden que el artesano se los pinte de color blanco para aparentar que son de mármol.
Conejitos
Hay sencillos y los llamados conejos de pascua para quienes acostumbran celebrar la alegría de la Resurrección escondiendo dulces en los jardines a fin de que los niños pequeños los encuentren.