“No le va a costar encontrarlo, sólo pregunte por el padre jardinero y cualquiera en la parroquia le dará referencia. Si no, búsquelo en el jardín y allí lo hallará cuidando sus flores”.
Con estas indicaciones fue fácil dar con el sacerdote Ramón Solá, que ha hecho un edén en los predios de la parroquia San Vicente de Paúl de San Pedro Sula gracias a su pasión por la jardinería.
No solamente es un jardinero consumado. También le hace a la soldadura, la carpintería, la fontanería y la electricidad para dar mantenimiento a las instalaciones parroquiales dentro de las cuales se encuentran las oficinas y la iglesia.
Después de oficiar la misa de las siete de la mañana, el padre Solá se despoja de su sotana y comienza a dar vueltas como un trompo para tener a punto los patios, que lucen siempre limpios y florecidos, entreverados por uno que otro árbol frutal. Muchos fieles que llegan a la parroquia por su orientación espiritual o porque desean confesarse con él, no lo buscan en su despacho, sino en los senderos del jardín por donde saben que tiene que pasar.
“Aunque esté en el jardín, siempre llega gente que me sale al paso y aprovecha unos minutos para que la confiese”, dice el religioso.
En estos casos, tiene a la disposición una banca de madera frente a las verjas de la iglesia, de espaldas al mundo, que le sirve de confesionario en medio del silencio de las flores.
De la finca a la parroquia
Su vocación por el cuidado de las plantas la trajo de España, de donde es originario. Nació en el pueblecito de Altoricón, provincia de Huesca, pero fue designado por la Iglesia a una casa de espiritualidad y formación que se encontraba en medio de una finca cultivada de árboles frutales, en la provincia de Alicante.Además de ejercer allí su ministerio, le correspondía supervisar la finca cuidada por obreros asalariados, a quienes debía instruir sobre lo que tenían que hacer.
A veces se ponía a trabajar junto a los peones, soldando alguna pieza, armando un banco, reparando una cañería o haciendo alguna instalación eléctrica, dice.
“Allá tuve que aprender muchas cosas que me han sido útiles para cultivar este jardín”, dijo el sacerdote, quien llegó a San Pedro Sula en enero de 2002.
Una de las primeras cosas que hizo al llegar fue montar un taller de reparación para darles mantenimiento a las instalaciones religiosas, pues a veces hay madera que se la está comiendo la polilla o estructuras en mal estado.
Pero sobre todo “me dedico a cuidar el jardín cuando no atiendo expedientes matrimoniales o brindo dirección espiritual a quienes buscan orientación”, dice.
Se salvó de un cáncer
A sus 69 años y con un cáncer de próstata que al parecer ha sido controlado, el padre jardinero todavía tiene fuerzas para cuidar de sus flores, aunque ahora tiene que auxiliarse con otras personas, manifestó.“Cuando a uno le gustan las cosas, saca fuerzas de donde sea o busca ayuda, aunque siempre hay que estar vigilando lo que se hace porque, como dice el refrán, al ojo del amo engorda el caballo”.
Aunque mima mucho a sus flores, no cree que platicarles les ayude a crecer mejor, como dicen algunos jardineros. Sin embargo, estar cerca de ellas sí les ayuda mucho porque “con nuestra respiración les proporcionamos el anhídrido de carbono que necesitan”. A la vez, las plantas limpian el aire de los gases tóxicos y nos proporcionan el vital oxígeno, explicó.
“Igual sucede con la hojarasca que sirve para mantener húmedo el suelo; por eso aquí no la botamos”, dice.
Relató que cada vez aprende más de las flores. Para el caso, “yo nunca había trabajado las virginias, pero hice experimentos y he logrado que nazcan dos flores de distintos colores en la misma planta”.
Lo mismo está haciendo con las llamadas mar pacífico. Quiere combinar los colores de sus flores en una misma rama mediante un cruce de polinizaciones.
Para completar su jardín ha colgado bajo un frondoso árbol de amate varias jaulas con tórtolas, periquitos australianos y aves de corral, que entretienen a los chiquillos.
Una de las tórtolas o corraleras la encontró en los predios de la parroquia con un ala quebrada y después de curarla la metió con las otras aves. Ahora revolotea alegre dentro de la armazón donde tiene alimento seguro, bajo la fronda del árbol.
El sacerdote busca que la gente llegue a la iglesia no solamente para asistir al culto, sino para disfrutar de un rato de esparcimiento en las bancas del jardín, dijo.
Cuidar de su plantas también le ha ayudado a no dejarse abatir por el cáncer de próstata que le diagnosticaron hace algunos meses. El tumor ya fue controlado gracias a las múltiples oraciones de su feligreses, contó.
Sin darle mayor importancia a su dolencia, dijo: “Lo importante es aprovechar el tiempo que nos queda y hacer lo que dice el Evangelio sobre Jesucristo: y pasó por el mundo haciendo el bien”.
Amplia proyección social tiene la parroquia
La parroquia San Vicente de Paúl, fiel al espíritu de su fundador y patrono, tiene como esencia el servicio a los que viven en precariedad espiritual y material.
Por esa razón mantiene programas de ayuda social gracias a los cuales familias pobres reciben provisión y servicios de salud.Hay personas que por su estado físico y edad no pueden trabajar y tienen niños que mantener. Para ellas existe un amplio servicio de dispensario médico, consulta médica general y especializada con pediatra y ginecólogo, laboratorio clínico, servicio de odontología, sicología clínica y farmacia general.
En educación tiene programas a precios simbólicos y cursos de computación e inglés con la calidad requerida por la empresa privada.
Hay refuerzo de clases todos los fines de semana para alumnos de colegios públicos residentes en barrios marginales como la colonia Lempira y la Suazo Córdova.
La parroquia impulsa proyectos de producción agrícola sostenible en las aldeas de El Merendón, en café molido, frutas y legumbres. Esto incluye la venta directa del productor al consumidor. Los vicentinos alfabetizan adultos vía radio y forman bachilleres agrícolas.