San Pedro Sula, Honduras.
Camina más de 12 horas diarias sin parar, cargando una pequeña hielera donde guarda las bolsas de agua que vende en el parque central y calles aledañas.
Marcos Bonilla (53) fue empujado por el hambre a emigrar a San Pedro Sula con la esperanza de hallar empleo. Lamentablemente no saber leer ni escribir le ha cortado las oportunidades.
Marcos recordó con tristeza que solo estuvo dos años en la escuela de la aldea El Pantanal, en Morazán, Yoro. En su lugar natal no pudo aprender a leer porque no iba con regularidad a la escuela, tenía que ayudar a su papá con las tareas del campo.
“Mi familia era muy humilde, y lo que interesaba era llevar comida a la casa, y por eso mis papás no me dejaban ir todos los días a recibir clases”, reveló.
Marcos forma parte del 14.6% de la población de Honduras que es analfabeta. Las zonas rurales son las más afectadas, pues ahí la cifra alcanza el 20.9%, este índice es más elevado en personas mayores, según datos del Instituto Nacional de Estadística (INE).
Hoy en día para poder aspirar a un empleo es necesario haber cursado ciclo común; sin embargo, el 40% de las personas que llegan a la regional del Ministerio de Trabajo no han terminado la escuela. La oportunidad de ser elegidos para ocupar una vacante es casi nula.
Amy Sierra, oficial de colocación, lamentó que un buen porcentaje de la gente que llega a estas oficinas ni siquiera tiene la primaria completa, lo que dificulta que los puedan colocar en un puesto. “Hasta para vacantes de ayudantes de bodega los empresarios nos piden que tengan ciclo común o secundaria completa. Es difícil porque no hay puestos para gente que no sabe leer”.
“Quería ser licenciado”
Una sonrisa cargada de incredulidad se dibuja en el rostro de Marcos cuando le pregunté qué habría estudiado si hubiese tenido la oportunidad.
“Me hubiera gustado haber sido un licenciado, pues la gente los ve con amabilidad. Es triste, pero la mayoría de la personas juzga a los demás por como se visten. A mí me han tratado con indiferencia por ser pobre, pero eso no me afecta porque soy un hombre trabajador, y estoy orgulloso de eso”, exclamó.
Bonilla llegó a la ciudad hace siete meses, dos meses después de su esposa, quien también trabajaba vendiendo agua.
“Ella vino a trabajar de cocinera a una glorieta. Estábamos pasando por momentos difíciles, yo trabajaba como sembrador, pero el dueño del terreno quebró, luego el dueño de un taller le dijo a mi esposa que necesitaba un vigilante. No me pagan nada por cuidar en las noches, porque me dan adonde dormir con mi esposa, así que tengo que ganarme en el día la comida”, relató.
El vendedor empieza su faena diaria en un pequeño cuarto en la 13 calle del barrio Medina, donde vive con su esposa. Ahí solo tiene una pequeña cama y algunos trastos.
Se levanta a las seis de la mañana. Se toma una taza de café y camina hasta el Mercado Central, adonde compra el agua. Hasta hace seis días vendía jugos y frescos, pero un bus de la Ruta 7 arrolló su trocó de mano y el producto que andaba en la hielera.
“Por poco me lleva a mí, gracias a Dios me aparté, me da tristeza porque me costó nueve meses poder juntar el dinerito para comprarlo”.
Recordó que cuando llegó a la ciudad estuvo dos meses buscando trabajo y no encontró, luego se le ocurrió comprar 50 naranjas y venderlas, pero falló en su intento. Un día mientras estaba sentado en el parque vio a algunas personas vendiendo agua, hizo amistad con una de ellas, y al siguiente día se introdujo al negocio con 20 lempiras como capital.
“Yo trabajo de lo que sea, lo importante es llevar los frijolitos honestamente a la casa”, cuenta mientras se dirige al mercado.
De repente, una calle antes de su destino, se para y mira hacia todos lados, parecía desorientado; luego de un minuto explicó que no recordaba cómo llegar. Se había ido por una calle distinta, y él solo conoce esa ruta, ya que nunca ha ido más allá del centro de la ciudad.
A cada bolsa le gana un lempira, esa mañana solo logró vender seis, por lo que su almuerzo fue un pastelito de cinco lempiras, sin agua, pues para él eso es mucho dinero. Cansado, con la piel percudida por el sol, Marcos regresó al cuarto adonde vive, con tan solo 50 lempiras en la bolsa y con la ilusión de que mañana le irá mejor.
Para quiénes desean ayudar:
LLamar al celular: 97415454