Conocí a Monterroso hasta hace poco; una consecuencia más de no haber estudiado la carrera de literatura, mi primer gran amor. Sin embargo, nunca es tarde para descubrir a un maestro de las letras cuya obra, llena de fino humor, oculta ironía y profundo conocimiento de la naturaleza humana, nos deleita, sobre todo, a base de una inverosímil economía de las palabras
Pequeño de estatura y devoto de la brevedad, Monterroso consideraba que valían más tres renglones tachados que uno añadido.
Así, cuando en 1959 publica su primer libro “Obras completas (y otros cuentos)”, entra al difícil género del microcuento o cuentos breves, como los llaman algunos académicos.
Su cuento “El dinosaurio” salta inmediatamente a la fama y se convierte en objeto de fascinación tanto por la crítica, el público y el resto de los grandes escritores hispanoamericanos. Nunca antes una obra tan pequeña (solamente siete palabras) llenaba a cabalidad todas las expectativas que pretende alcanzar cualquier obra literaria.
Amigo de Diego Rivera, David Alfaro Siqueiros, Pablo Neruda, Gabriel García Márquez, Julio Cortázar y muchos grandes nombres más, fue ganador de casi todos los grandes premios de las letras españolas: el Juan Rulfo, de México, y el Príncipe de Asturias de las Letras, de España, apenas delatan a una de las más grandes, y todavía no reconocidas popularmente, figuras de la literatura hispanoamericana contemporánea.
Tras su muerte en el 2003, su viuda, la escritora mexicana Bárbara Jacobs donó su biblioteca personal a la Universidad de Oviedo en España. Catorce cajas de madera que pesaban cinco toneladas fueron necesarias para transportar los 14,000 volúmenes que conformaban su acervo literario.
Junto a ellos, recortes originales de periódicos, telegramas, decenas de condecoraciones y premios, fotografías y 30 cintas de video con escenas domésticas y entrevistas por televisión.
¿Cómo describir a Monterroso? En la contraportada de la edición “La oveja negra y demás fábulas”, de la Editorial Alfaguara, el gran escritor Carlos Fuentes lo define así: “Imagine el fantástico bestiario de Borges tomando el té con Alicia. Imagine a Jonathan Switf y James Thurber intercambiando notas. Imagine a una rana del Condado de Calaveras que hubiera leído realmente a Mark Twain: he aquí a Monterroso”.
Monterroso nunca se sintió hondureño y tal vez por eso se nacionalizó guatemalteco; pero es un hecho que el genial escritor nació en Tegucigalpa (de madre hondureña), creció en Guatemala, se forjó en México y ahora, a pesar de su muerte, es un latinoamericano universal. Y eso nos llena de orgullo en un mes tan especial como septiembre.
Un buen mes para volver a las librerías en busca de las obras breves (y completas) del pequeño gran Augusto Monterroso.