Gricelda Sánchez lleva ya varios días en el hospital Juan Manuel Gálvez de Gracias, Lempira. Carga con dificultad a su hijo de apenas siete meses, que sufre de desnutrición y neumonía severa. El sueño la domina, mientras permanece de pie por la falta de mobiliario, pero vuelve en sí cuando recuerda que si su hijo se complica tendrán que remitirlo a otro establecimiento médico para hacerle los exámenes porque hasta la máquina de rayos X está a punto de caducar en ese centro hospitalario.
A 43 kilómetros de distancia, en el hospital de Occidente, doña Paula Vásquez, 64, aguarda preocupada en una vieja banca de madera, mientras convalece su hija. Ángela Vásquez fue operada de la vesícula y luego trasladada a la sala general de mujeres, donde comparte cama con una paciente quemada. La preocupación de la madre es razonable porque es evidente que el hospital de Santa Rosa de Copán carece de camas y no tiene sala de recuperación.
Una situación similar ocurre en el hospital de San Marcos de Ocotepeque. El rostro de María García está desencajado y hasta reacciona molesta cuando se le consulta. Por la falta de dinero llegó a pie al centro asistencial en busca de ayuda odontológica para su hija. Recorrió calles polvorientas desde la aldea Canguacota, pero al llegar al hospital de San Marcos le dijeron que regresara otro día porque ya no había cupo.
Junto a María camina Margarita Barrera; tiene ya varios días cuidando a su madre, que sufrió un derrame cerebral. Ella tiene sentimientos encontrados de agradecimiento porque la atendieron, de malestar porque el trato en algunas áreas no ha sido el mejor y de preocupación porque sabe que si remiten a su madre a otro hospital, no hay ambulancia para trasladarla, están en mal estado o tienen más de 1.5 millones de kilómetros recorridos.
Las historias de hospitales se repiten, igual que las carencias; son casi las mismas en los centros de la región occidental.
Lo que varían son los presupuestos y, según los números, no concuerdan con la realidad. El hospital de San Marcos de Ocotepeque, con 67 camas, tiene un presupuesto asignado de 96 millones de lempiras; el Juan Manuel Gálvez de Gracias, Lempira, tiene 130 camas y un presupuesto de 71 millones; mientras que el de Occidente, el más grande con 230 camas, tiene una asignación presupuestaria de 190 millones de lempiras.
La situación de los hospitales en la región es lamentable: desabastecimiento, camas en mal estado y sostenidas sobre cajas, techos severamente dañados, falta de ambulancias, de equipo y recurso humano. Muy pocos médicos especialistas, enfermeras profesionales y auxiliares. Sumado a ello, los sanitarios se hallan en pésimo estado. Es una tortura entrar en ellos.
En lugares como Santa Rosa de Copán, el apoyo de la Fundación Camo y del comité de apoyo ha sido un bastión para mejorar las condiciones hospitalarias.
En la cabecera del departamento de Lempira, las fuerzas vivas se aprestan a hacer en marzo una maratón pro hospital para recaudar recursos y cubrir algunas necesidades urgentes. La compra de una ambulancia sería una de las prioridades.
Los directores de hospitales aceptan que se intenta trabajar, pero saben que no se puede “tapar el sol con un dedo”: las limitantes están a la vista. Los pacientes piden mejor trato, medicamentos y mejores condiciones para enfrentarse a sus enfermedades. El hacinamiento es el pan de cada día.
Los directores coinciden en la necesidad de aumentar el número de atenciones y especialidades, pero no cuentan con presupuesto suficiente; la mayor parte se va en pago de sueldos. Los traslados de pacientes de los hospitales regionales a los nacionales son casi diarias; esta situación también es un calvario para los pacientes porque no hay ambulancias y muchas veces el traslado lo hacen en carros de paila. La situación empeora en las salas de emergencia. La ola de violencia les ha robado la tranquilidad a los pueblos de la zona y el cupo de pacientes que esperan una operación. Muchas cirugías programadas no se hacen porque heridos de bala o arma blanca llegan necesitando intervenciones de urgencia.
El director del hospital de San Marcos de Ocotepeque, Enrique Villanueva, confirma que la lucha es cotidiana y las carencias, enormes. “Se trabaja, pero el presupuesto no es suficiente”.
En el hospital de Occidente, Juan Carlos Cardona asumió la dirección hace tres meses. Es el centro asistencial más grande de la zona y, por ende, un reto enorme. Por ello buscará trabajar con los pobladores.
Ahora, la lucha es de los copanecos, que buscan que éste se convierta en un hospital nacional. Ya creció en especialidades, pero la infraestructura es la misma.
Ni siquiera tiene una sala de recuperación.