No es solamente la equinoterapia la que hace el milagro de transformar a esos niños con necesidades especiales, es también el amor que Astrid Panting de Ruiz les entrega cuando los padres los ponen en sus manos.
Por ser ese “ángel que sin tener alas enseña a otros a volar” mediante la terapia a lomo de caballos, la abnegada terapeuta fue reconocida con el premio Quetglas por la Fundación Obras Sociales Vicentinas (Osovi).
Todas las tardes en su Centro de Hipoterapia A-Tuto cercano al campo Agas, se ve a la dama sampedrana y sus ayudantes, dando un paseo terapéutico a lomo de caballo, a pequeños con síndrome Dawn, autismo, parálisis cerebral y otras afecciones neurológicas, físicas y psicológicas.
El andar de sus equinos transmite estímulos neurológicos que impulsan el oxígeno y la sangre hasta ciertas zonas del cerebro, con resultados sorprendentes para sus pequeños pacientes, explica la señora Ruiz.
En el caso del niño Jorge Eduardo Sierra, quien padece el síndrome de Tourette que se manifiesta por movimientos y voces involuntarias, cabalgar le ayuda a concentrarse y a estar atento a las instrucciones de la terapeuta.
Mientras cabalga en su caballo Chile, Jorge Eduardo va estirando sus brazos o atrapando las pelotas de caucho que le lanzan los terapeutas para estimular sus reflejos.
Su madre Liliana de Sierra se muestra feliz porque el muchacho ha mejorado ostensiblemente con la equinoterapia que recibe desde hace tres años. Ya monta solo y hasta ensilla a Chile, el corcel que ha sido escogido para su patología en particular. Cada caballo es entrenado y balanceado para convertirse en un equino terapista, pero no es el animal el que cura sino los estímulos involuntarios que manda con su andar, al sistema neurológico del paciente.
A los más pequeños como a Valeria que padece Artogriposis, los va chineando Astrid sobre el lomo de un corcel más grande, mientras ejercita sus extremidades y los mima con palabras maternales.
“Cuando el bebé crece en el vientre sin suficiente espacio, sus articulaciones se atrofian y por lo tanto no se desarrolla correctamente. Es lo que sucedió con Valeria”, explica la galardonada mientras acaricia a la pequeña.
La madre trajo a la niña a terapia hace tres meses por sugerencias del Centro de Rehabilitación del Seguro Social. Su mejoría es notoria, solo escucha el nombre de su caballo Capuccino y comienza a moverse alegremente, comenta la mamá.
Afición y sensibilidad
El primer “ángel” que Astrid atendió cuando comenzó con el centro en el campo Agas hace diez años, fue la hija de una amiga suya que tenía el síndrome Dawn. Esta niña, a la que había conocido antes, más su afición por los caballos, la motivaron a sacar un curso en una institución mexicana de equitación terapéutica, para fundar el Centro de Hipoterapia A- Tuto que cada vez ayuda a más pequeños con condiciones especiales.
Nunca esperó que su labor silenciosa fuera reconocida con el galardón que por primera vez entregó la Osovi este año como “un premio a la caridad hecha persona”.
La madre de uno de sus pacientes fue quien la propuso al comité como candidata al premio, sin que Astrid se diera cuenta. Cuando al fin se lo comentó con una sonrisa maliciosa, ya la experta en equitación terapeuta estaba entre las tres finalistas.
Fue una sorpresa mayúscula saber que había sido nominada, pero una emoción mayor la estremeció cuando en plena ceremonia realizada en el Centro Hondureño árabe, un jurado calificador la escogió como la ganadora.
“Cuando llamaron a los dos primeras finalistas creí que solo nos estaban presentando, no sabía que la tercera en ser nombrada sería la ganadora. No lo podía creer, las otras dos también tienen méritos”.
Para ella otro premio también valioso es la satisfacción que siente al ayudar a desplegar las alas de tantos ángeles para que puedan vencer las limitaciones de su vuelo por la vida. Los padres dicen que lo está logrando.