Francisco Morazán: San Juancito renace entre viejas minas

Con un museo, galerías y senderos, su gente busca convertir al pintoresco pueblo en un destino turístico.

El casco histórico de San Juancito es un sitio lleno de historia, y esta vista es la que aparece en el reverso del billete de 500 lempiras.
El casco histórico de San Juancito es un sitio lleno de historia, y esta vista es la que aparece en el reverso del billete de 500 lempiras.

San Juancito, F.M.

Es una aldea mágica que aleja los ruidos de los carros y deja escuchar los sonidos de la naturaleza.

Ahí se respira aire puro y los cantos de los pájaros son recurrentes y agradables. Además, se escucha cómo la corriente de los ríos desciende de las montañas tapizadas de verdes pinares cubiertos por una gigantesca manta de neblina que semeja las pinceladas de una pintura.

Villa de San Juancito es el nombre de ese lugar donde todo parece sacado de un libro de cuentos y la historia se palpa en cada callejón empedrado y en las viejas casas de madera, que según el Instituto Hondureño de Antropología e Historia son patrimonio histórico y cultural.

Siglo XIX
A finales de la década de los 80 del siglo XIX, la planta hidroeléctrica comenzó a funcionar por primera vez en Honduras. Al igual, se convirtió en la primera de Centroamérica.

AGRADABLE VIAJE

Ubicado a 42 kilometros de Tegucigalpa, en el departamento de Francisco Morazán, San Juancito es un pintoresco pueblo de exótica belleza, que se sostiene orgulloso entre los vestigios de las viejas minas explotadas por la Rosario Mining Company en la década de 1880.

Ya del emporio económico y de la riqueza mineral que atrajo a decenas de inversionistas extranjeros durante la reforma liberal del expresidente Marco Aurelio Soto, solo queda el recuerdo. Sin embargo, sus pobladores se niegan a dejar morir la grandeza de su pasado y han conformado un equipo de guías turísticos y un grupo gastronómico que busca convertir San Juancito en un pueblo con encanto.

1997
El billete de 500 lempiras se emite por primera vez el 29 de diciembre de 1997. En el anverso está la imagen del doctor Ramón Rosa y en el reverso una vista de las minas de El Rosario, San Juancito.

Este grupo se ha propuesto, entre otras cosas, crear un Museo Industrial y promover la riqueza natural de San Juancito.

Y es que visitar el poblado es un viaje para adentrarse en la naturaleza y en la historia. Una vez que se sale de la capital, en el trayecto se va encontrando interminables hileras de pinares a la orilla de la carretera que obligan a los viajeros a embriagarse con el fresco clima.

Tras conducir aproximadamente 45 minutos desde la ciudad, empieza el encuentro con la historia, pues una vez que se ingresa al antiguo poblado minero se comienza a caminar sobre calles empedradas y van apareciendo las casas de madera que parecen estar dibujadas al pie de la montaña.

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Desde las casas se puede apreciar un impresionante bosque de pino, que con la puesta del sol adquiere diversos colores que pintan el horizonte de San Juancito.

EL RECORRIDO

Al avanzar unos 500 metros de la entrada de la aldea, que surgió en 1800 con la explotación minera de la mano de la Rosario Mining Company, está un camino que se asemeja a un laberinto, pues hay que decidir cuál de las tres calles que están frente a la Iglesia San Juan Bautista se debe tomar.

Si elige la izquierda, esta lo llevará al campo de fútbol y a una hilera de casas antiguas. Mientras, la calle de la derecha conduce a un sitio conocido como El Plantel, el lugar emblemático donde se encendió por primera vez un bombillo a base de electricidad en Honduras.

Hoy, es el lugar de referencia de los pobladores para un reencuentro, tomar el autobús o una mototaxi.

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La estructura de los hogares clásicos estadounidenses es uno de los principales atractivos para los turistas.

Ahí nos esperaba puntual Mirna Aracely Hernández, la profesora encargada del grupo de guías turísticos, quien se encargó de mostrarnos cada rincón de este bello pueblo.

Sin duda que es un laberinto esta aldea… pues estando en El Plantel hay tres calles más, cada una con su historia.

A la izquierda se puede llegar al mirador La Fraternidad, para subir hay que escalar al menos cien gradas que están en forma de zig zag, donde se aprecia el pueblo.

En todo ese camino hay pinturas con figuras de cascos, linternas, picos y bocaminas, vestigios del pasado minero, que pasó a la historia en 1954, cuando la compañía trasladó sus operaciones a El Mochito, Santa Bárbara.

También hay dibujos de la flora y fauna de la zona.

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La bocamina de El Aguacatal, más conocida como El Once, permanece cerrada, pero es ideal para una buena fotografía. Actualmente funciona como generadora de agua potable para el pueblo.

Al tomar el camino de la derecha, a menos de tres minutos están las viejas instalaciones de la primera planta hidroeléctrica de Centroamérica, donde aún se conservan las turbinas y otras piezas auténticas del inmueble.

Hoy, el grupo de guías turísticos buscan convertirla en el Museo Industrial. “El Instituto Hondureño de Antropología e Historia (IHAH) está introduciendo este proyecto a Finanzas, pero es bastante costoso (más de 20 millones de lempiras)”, reveló la guía turística.

Además del museo, promocionarán San Juancito como destino natural. “Los ríos, que la gente venga a hacer sus caminatas. Ofrecer lo que tenemos que es la historia minera, hacer recorridos turísticos y explicarles en qué consistió cada edificio, cómo funcionó y que actualmente vean lo que ha quedado”, dijo Hernández.

Además de una especie de galería, en la que se expongan documentos y artículos históricos. También buscan restaurar los edificios comunales, “pero se tienen que solicitar porque algunos están inventariados en el IHAH porque son patrimonio cultural”, manifestó.

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Amalia Hernández desde hace 26 años es alfarera del Taller Escuela San Juancito.

Otro de los proyectos es la construcción de un quiosco de información, para orientar a los visitantes.

La orgullosa aldea que albergó la oficina de Embotelladora La Reyna y fue sede del primer Consulado de los Estados Unidos de América en Honduras no es solo historia.

En verano el turista se puede dar un chapuzón en una de las pozas del río El Aguacatal y disfrutar de la amabilidad de los más de tres mil pobladores que residen en el lugar.

Horas
El trayecto de San Juancito y El Rosario puede demorar de 2 a 3 horas, sin dejar por fuera un rincón.

Y si aun queda tiempo, puede darse una vuelta por la Escuela Taller San Juancito, donde se fabrican artesanías de barro, vidrio y papel de gran calidad.

Al costado de este taller está el restaurante El Crisol, donde se sirven deliciosos platillos, es un mirador y un pequeño museo con la historia de la industria minera, pues las paredes están llenas de antiguas fotografías de finales del siglo XIX y principios del siglo XX.

Más allá aún se conserva la casa que fue utilizada como estudio fotográfico en esa década, la oficina del telégrafo y la antigua casa de hospedaje para maestras, lugares que aparecen en el reverso del billete de 500 lempiras.

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Sofía Torres y Marlen Godoy, en el rótulo de San Juancito.

EL ROSARIO

El recorrido concluye en la aldea El Rosario, que queda a dos kilómetros de San Juancito.

Al dirigirse a este lugar es recomendable utilizar un abrigo, porque si San Juancito es fresco, ahí lo es más.

Durante el trayecto se puede visitar una de las antiguas bocaminas conocida como El Once.

Una vez que se llega a El Rosario hay más casas de estructura clásica norteamericana, ya que en esta zona residían familias estadounidenses. El llamado cementerio gringo y lo que quedó de las oficinas del consulado de EE UU.

Más allá aún se conserva la infraestructura del antiguo hospital, que hoy es un hospedaje. Un restaurante con un impresionante mirador y senderos en medio de pinares. “Para los que no conocen San Juancito, los invitamos cordialmente a nuestro pueblo... Si no vienen, se perderán de algo maravilloso”, con este llamado de la guía concluye la visita, ya casi inicia la puesta del sol y lo que queda es un deseo enorme de quedarse en ese remanso de paz.

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En las calles empedradas del comercio, en una de sus esquinas se encuentra una casa de la época minera que ofrece pan artesanal y comida.
La Prensa