“El azulejo”
A sus 63 años, Fernando “El Azulejo” Bulnes conserva la vitalidad que lo caracterizó en sus años mozos. Comenzó de pequeño, soñando con ser un grande. Se considera una “hechura del profesor Uclés” porque perteneció al primer y único instituto de fútbol de Honduras, el Atlético Español, donde adquirió disciplina. “Me considero uno de los ‘abortos’ del fútbol más jóvenes de este país porque a los 17 años debuté en la liga profesional.
El balompié me ayudó a desarrollar mi formación profesional e intelectual; he sido el único futbolista que ha jugado 20 años consecutivos en Liga Nacional, desde 1965 hasta 1985, y he sido uno de los deportistas elegidos de Dios porque estuve en siete selecciones nacionales. Este trabajo lo hice pensando en Honduras, no en mí ni en los míos”, indica. Bulnes recuerda que el deporte rey no era garantía para vivir únicamente de eso.
“Había que estudiar hasta llegar a la universidad y así asegurarse un futuro”. El ídolo de multitudes fue escogido entre 300 futbolistas por José de la Paz Herrera “gracias a la capacidad futbolística, a la inteligencia al alcance del fútbol, al recorrido impecable y por no estar manchado nuestro nombre; también por la autoestima, la dignidad, el carácter y por tener nuestra patria en el corazón y la sabiduría en la mente para jugar”.
Para “El Azulejo” clasificar al Mundial es “ir a disfrutar de un sacrificio después de estar sometidos a disciplina, de dormir, bañarse y comer mal”. “A nosotros nos tocó ‘bailar con la fea’ desde un principio debido a que no tuvimos apoyo financiero”. El sobrenombre con el que lo conocen se lo ganó en el instituto San Miguel de Tegucigalpa. Los padres Santolaya y Gamboa lo bautizaron así luego de ser el mejor futbolista de un campeonato estudiantil. “Me bautizaron con ese nombre por un pajarito muy bonito y me dijeron que llamándome así alcanzaría éxitos y así fue”, expresa.
“El ángel guardián”
Los torneos escolares fueron su primera escuela de fútbol. Así, Luis Cruz, hijo predilecto de San Juancito, Francisco Morazán, logró abrirse brecha en el ambiente deportivo nacional.
“Mi primer partido en un estadio grande fue en el Nacional, entre Olimpia y Motagua. Gracias a mi desempeño y a los buenos comentarios de los narradores los directivos del Motagua se fijaron más en mí”, manifiesta. Llegó a la Selección después de una gran racha en 1970 cuando ganó con el Motagua los premios de Novato del Año y Seleccionado de Estrellas y obtuvo tres campeonatos consecutivos con el club azul.
“Después fui seleccionado centroamericano para representar al área de Concacaf y fuimos al mundialito de Brasil. Ya en el Mundial España 82 fue como estar recibiendo el título de universitario, pero de fútbol, aunque lo máximo era campeón mundial”, afirma.
Su meta era hacer una buena representación, también pensó en la familia, los amigos y la afición hondureña para hacer un buen espectáculo como regalo al país. No clasificar a la siguiente ronda en el campeonato mundial fue una gran decepción para él y sus compañeros.
Uno de los sacrificios que tuvo que hacer por su carrera fue dejar a su familia, incluso le tocó habitar una incómoda casa de campaña en la que el baño quedaba fuera.
“Teníamos que caminar kilómetro y medio para buscar la comida y eso fue así durante tres años. Ni los primeros cumpleaños de mis hijos pude celebrar porque todo era la Selección”, recuerda.
El desaparecido Diógenes Cruz lo bautizó “El Ángel Guardián” porque sacaba los balones del marco cuando casi eran goles con recursos de emergencia como “chilenas” o “taquitos”. Eso fue en el 69. Hoy, casi 40 años después, recuerda todo aquello con inmensa felicidad por el reconocimiento que le brinda la gente cuando lo encuentra en la calle. “Si volviera a nacer, volvería a nacer futbolista”, asegura, pero le encantaría tener mejores condiciones.
“El robot”
Nació en el puerto de Tela y lo apodan así porque muchas de sus amistades no podían decir Robert en inglés y sólo le decían “Robot”.
“Una vez Remberto Jordán Roca escuchó a un muchacho decirme así y él lo popularizó”, recuerda Robert Bailey.
Es, sin duda, uno de los jugadores con mayor nostalgia en la historia del fútbol catracho. Se inició en las ligas de Tela, luego lo ficharon equipos no profesionales de ese entonces, pero sin salario. Tiempo después llegó al club Victoria y éste lo compró. En ese club se convirtió en el máximo goleador y gracias a esa buena racha llega a Liga Nacional con el club deportivo Marathón.
“En 1979 por vez primera se corona campeón el Marathón con goles míos. Fue algo que comencé acá en San Pedro Sula y terminé en Tegucigalpa”, recuerda.
Gracias a ello es convocado a la Selección Nacional del 82, pero se retiró porque no le gustaba el encierro.
“Lo de nosotros fue duro porque hasta dormíamos en el suelo; queríamos darle ese triunfo a Honduras. Antes de la clasificación, Chelato me volvió a llamar y nos preparamos física y psicológicamente para el Mundial”. Pese a su increíble trabajo y a haber sido artífice de ese histórico logro, Bailey guardar algunos recuerdos tristes de su época de oro. “Las federaciones acá se olvidan muy rápido de uno. No hay apoyo. Hay compañeros que necesitan ayuda y no podemos colaborar con ellos.
Me encantaría apoyar a niños a través del fútbol. El Gobierno y la Federación no han prestado apoyo para que nosotros podamos usar nuestro nombre para servir”, recalca. Más allá llega la desilusión personal porque aunque es una gloria del fútbol, éste no le dejó absolutamente nada material, solamente recuerdos y amigos. “No sé de ningún dirigente que se acuerde de mí. Yo alabo a otros países, como Costa Rica y Brasil, donde los futbolistas tienen un puesto especial. Acá no es así”, se lamenta.