Me llamo Charles Highway, aunque si pudiesen echarme una ojeada seguro que jamás se lo imaginarían. Es un apellido enérgico, viajado, cipotudo, y por mi aspecto nadie deduciría ninguna de esas cualidades.
Empezando porque llevo gafas, y las llevo desde los nueve años. Y porque mi figura de estatura mediana, desprovista de culo y de cintura, con una caja torácica ondulada y piernas estevadas borra todo indicio de aplomo. (En ningún sentido, por cierto, debería confundirse este modelo con el tipo ágil y elástico tan popular entre mis contemporáneos. No nos parecemos en nada.
Recuerdo que tenía que hacerme un par de dobleces en los extremos de mis pantalones, y que rellenaba sus fondillos con camisas de talla de adulto. Ahora elijo mi ropa más reflexivamente, aunque lo que ha mejorado no es mi gusto sino mi intuición. ) Pero sí poseo una de esas voces cachondas que ahora están de moda, esas que acostumbran a tener un irónico gangueo y que resultan excelentes para inquietar a los mayores.
Y supongo que, además, mi rostro tiene expresiones extrañamente amedrentadoras. Es anguloso, pero delicado; nariz larga y delgada, labios anchos y delgados..., y unos ojos: con pestañas exuberantes, ocre oscuro salpicado de motitas siena tostada... Ay, qué pobres resultan las palabras.
El dato más importante, sin embargo, es que tengo diecinueve años de edad, y que mañana cumplo los veinte.
Los veinte son, naturalmente, la frontera decisiva. Los dieciséis, dieciocho, veintiuno no son más que mojones arbitrarios que sólo te permiten ser detenido por evasión de impuestos, contraer matrimonio, ser sodomizado, ejecutado, y así sucesivamente: cosas exteriores. Naturalmente, yo evito como la peste doctrinas tales como la que dice que «somos jóvenes mientras nos sentimos jóvenes», la cual ha sido sin duda alguna la causa de que tantos elegantes cincuentones hayan caído muertos en sus deportivos, de que tantos ojerosos hippies hayan quedado fuera de juego víctimas de una sobredosis, de que a tantos precarios maricas les hayan partido la crisma autostopistas salvajes. Los veinte pueden no ser el comienzo de la madurez, pero les aseguro que marcan para todos el final de la juventud.
A fin de obtener, inmediatamente, tensión dramática y simetría temática, elijo como instante de mi nacimiento las doce en punto de la medianoche. De hecho, las labores de parto de mi madre eran prolijas y, en general, muy poco elegantes; empezó a parir en este momento (es decir, a eso de las siete de la tarde del cinco de diciembre de hace veinte años), para no terminar hasta después de las doce, dando como resultado un húmedo y desamparado niño de un kilo ochocientos que tuvo que ser conducido al hospital para una puesta a punto de quince días. Mi padre había tenido la intención -Dios sabrá por qué- de presenciar todo el proceso, pero se hartó del asunto a las dos horas. Hace mucho tiempo que estoy convencido de la importancia de esta anécdota, aunque jamás he sido capaz de averiguar su significado. Es posible que pueda encontrar la solución en ese instante en el que, hace dos décadas, olisqueé el aire por primera vez.
Confieso que hace meses que esperaba esta noche. Cuando hace una media hora se presentó Rachel pensé que iba a echarlo todo a perder, pero se ha ido a tiempo. Necesito llevar a cabo la transición decorosa y oficialmente, y experimentar de nuevo el final de mi juventud. Porque me ha ocurrido una cosa, no cabe la menor duda, y tengo muchísimas ganas de saber qué es. Bien: si recorro, digamos, mis tres últimos meses, y si intento aislar y descartar toda mi precocidad y todo mi infantilismo, mi listeza de alumno de sexto y mi marrullería de alumno de quinto, y toda mi autocomplacencia y autorrepugnancia y autoloquequieran, quizá pueda localizar mi hamartanein y averiguar qué clase de adulto voy a ser. O, cosa que también es posible, quizá no lo logre. De todos modos, seguro que será muy divertido [...].
Con El libro de Raquel (The Rachel papers, 1973), el novelista británico Martin Amis comenzó a tallar el camino que lo ha convertido en el enfant terrible de la literatura anglosajona. En su número 44 mimalapalabra publica dos fragmentos de esa novela. Del prólogo reproducimos: 'Inteligente, frívolo, descarado, narcisista incluso cuando le sale un grano en la nariz, Charles Highway, el narrador y protagonista de esta excelente y divertidísima novela, es un joven que... cuando le falta poco para cumplir los veinte años se da cuenta de que todavía no se ha acostado con ninguna mujer, aunque lo haya hecho con montones de chicas de su edad, y decide que su obligación ineludible es tener esa experiencia a modo de despedida de la inmadurez'.
¿Nunca relee su trabajo una vez publicado?
Solía hacerlo. Solía hacerlo bastante en realidad. Pasaba tardes o noches enteras leyéndome a mí mismo mientras me fumaba un porro y bebía vino. Durante años esa fue la mejor forma de pasar la tarde.
¿Se reía leyendo sus propios libros?
Sí, por supuesto. Me partía de risa con muchos de ellos. No lo hago hace mucho tiempo, creo que pasa porque cuando uno cumple cierta edad no quiere perder tiempo contemplando el pasado. Por el contrario, uno intenta aprovechar todo lo posible el presente, mientras ve cómo el futuro se va acortando. Cuando uno llega a los cincuenta descubre que existe esta cosa enorme que no es más que su propio pasado. Nunca estuvo ahí antes, o estuvo, pero no le prestábamos mucha atención. De pronto descubrimos que el tamaño de nuestro pasado casi dobla el tamaño de nuestro futuro, es una experiencia tremenda, aunque también agradable.
-Fragmento de una entrevista publicada en Letras Libres, abril de 2008.