06/03/2026
02:39 AM

Por qué la innovación no salvará a Estados Unidos

Robert J. Gordon, profesor de ciencias sociales de la Universidad de Northwestern, analiza la crisis estadounidense.

Nada ha sido más importante para la confianza de Estados Uni­dos en sí mismo que la fe en que su robusto crecimiento económico continuará por siempre. Entre 1891 y 2007, el país logró una tasa de cre­cimiento anual de la producción de 2% por persona. Desafortunada­mente, la evidencia sugiere que el futuro crecimiento económico lo­grará a lo sumo la mitad de esa tasa histórica. La antigua tasa permitió que el nivel de vida estadounidense se duplicara cada 35 años, pero para la mayoría de la gente en el futuro ese tipo de crecimiento podría to­mar un siglo o más.

La expansión del siglo pasado resultó de una serie de importan­tes inventos entre 1875 y 1900. Co­menzó con la bombilla eléctrica de Thomas Edison en 1879 y la central eléctrica en 1882, lo que posibilitó desde edificios con ascensores a electrodomésticos. Karl Benz in­ventó el motor de combustión in­terna para un automóvil el mismo año que la bombilla de Edison.

Durante este período, se intro­dujeron el agua corriente y las redes de tuberías interiores. El teléfono, el fonógrafo, las películas y la radio también entraron en existencia. Los años posteriores a la Segunda Gue­rra Mundial también presenciaron otra gran ola de invenciones, con el desarrollo de la televisión, el aire acondicionado y el avión jet.

El profundo impulso que estas innovaciones dieron al crecimiento económico sería difícil de repetir. Solamente una vez podría incre­mentarse la velocidad de trans­porte desde el caballo (10 km/h) al Boeing 707 (885 km/h). El reempla­zo de los baños exteriores por el agua corriente y las tuberías inte­riores podría ocurrir sólo una vez. Y en una sola ocasión se podrían convertir las temperaturas de in­teriores, del frío en invierno y el calor en verano, a un clima cons­tante de unos 20 grados a lo largo del año, gracias al aire acondicio­nado y la calefac­ción.

Conforme el impacto de los in­ventos de finales del siglo XIX se desvanecía alre­dedor de 1970, la revolución infor­mática permitió que la economía se mantuviera al nivel histórico de crecimiento anual de 2%. Las com­putadoras suplieron la mano de obra y contribuyeron a la productividad, pero la mayoría de estos beneficios llegaron a principios de la era elec­trónica, con inventos como la com­putadora central, las máquinas de escribir con memoria y las PC.

El momento cumbre fue la unión de las comunicaciones y la compu­tadora con el surgimiento de Inter­net en los años 90. Amazon.com fue fundada en 1994, Google en 1998 y Wikipedia en 2001. Desde 2002, sin embargo, la mayoría de los inventos ligados a la informática han resulta­do no en una transformación funda­mental sino en una miniaturización, como en el caso de aparatos como el iPhone, que combina las funcio­nes de laptops y teléfonos móviles previos a 2002.

La innovación sigue ocurrien­do a buen ritmo, y muchos de los que desarrollan y financian nuevas tecnologías desestiman con incre­dulidad mi sugerencia de que la era de cambios verdaderamente impor­tantes para nuestro nivel de vida ha quedado atrás.

Los escépticos, sin embargo, sostienen que la investigación mé­dica logrará enormes avances en el tratamiento de enfermedades. No obstante, las nuevas técnicas a menudo no producen resultados. Un estudio, por ejemplo, demostró que la costosa terapia de protones para el cáncer de próstata no rinde me­jores resultados que la tradicional radioterapia.

La revolución de la fracturación hidráulica y el auge en la producción de gas y petróleo también han entu­siasmado a los optimistas. Pero esta no es una fuente de futuro crecimien­to económico, sino que simplemente aplaza el futuro declive económico. Aunque es progreso, no se compa­ra con los años 60, cuando el lema “Vea EE.UU. en su Chevrolet” se hizo más factible gracias a un creciente sistema de autopistas interestatales, pagando solamente 25 centavos de dólar por galón de gasolina.

Otro argumento de los optimistas es que la impresión 3D y los micro ro­bots revolucionarán la manufactura. Este es un viejo cuento, relatado de una forma u otra desde que General Motors presentó el primer robot in­dustrial en 1961. La productividad manufacturera, impulsada por robots y otras máquinas, se ha mantenido saludable a lo largo de la posguerra. Pero la participación de la manufac­tura en la economía se ha encogido, de 28% en 1953 a 11% en 2010.

Algunos me han acusado de falta de imaginación. Nuevas invenciones siewmpre generan nuevos modos de crecimiento, y la historia provee muchos ejemplos de incrédulos que pusieron en duda los beneficios fu­turos. Pero no estoy pronosticando el fin de la innovación, simplemente un descenso en la utilidad de futuros inventos en comparación a los gran­des inventos del pasado.

El futuro del crecimiento econó­mico estadounidense es sombrío y las soluciones de política son esqui­vas. Los escépticos deben proponer una mejor refutación.