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Casitas de colores: el singular atractivo de Curazao

  • 26 mayo 2017 /

En el centro del país la arquitectura resalta al llegar: casas con techos de forma inclinada se convierten en una parada obligatoria para cualquiera que visite la avenida de Handelskade.

Willemstad, Curazao.

Celeste, naranja, verde y rosado pastel son los colores de las fachadas que engalanan Willemstad, la capital colonial que se ha convertido en el singular atractivo de la isla caribeña de Curazao, que junto a sus hospitalarios habitantes la convierten en el lugar de ensueño para los turistas.

Escuchar Bon Bini o Dushi es algo habitual cuando uno llega a la isla. Son dos palabras en papiamento (una lengua que entremezcla español, portugués y holandés) que significan bienvenidos y cariño, respectivamente, dos expresiones que los lugareños no se cansan de decir a quienes llegan a su tierra.

En el centro del país la arquitectura resalta al llegar: casas con techos de forma inclinada se convierten en una parada obligatoria para cualquiera que visite la avenida de Handelskade, una zona que forma parte de la ciudad declarada como Patrimonio Mundial de la Humanidad por la Unesco en 1997.

Más que una simple estética
“Durante el siglo XVII los barcos holandeses exportaron las tejas a cambio de la sal, conocido en ese entonces como el oro blanco, muy importante para los países europeos en esa época”, relató con orgullo la guía Lesire Livette, de la empresa de turismo FBTT Travel Curacao.

Destacó que durante la construcción de los edificios se utilizaron materiales como la piedra caliza, la arena y el coral, elementos que han resistido el paso del tiempo y que ahora una fundación se encarga de restaurar para evitar el deterioro por los azotes del clima tropical.

Pero para los “curazoleños”, el color de las casas va más allá que una simple estética urbanística y se debe a un acontecimiento cuanto menos extravagante. Según una ley vigente promulgada en 1817 por el entonces gobernador holandés de Curazao, Aruba y Bonaire, Albert Kikkert, las casas no pueden pintarse de blanco porque el resplandor del sol causa dolores de cabeza y ceguera.

Bajo un sol abrasador, Livette explicó que la ciudad está dividida en dos secciones: Punda y Otrobanda, conectadas por el puente de la Reina Emma que cruza la Bahía de Santa Ana.