Juan de la Cruz Rodríguez y Villanueva era uno de esos españoles que parecían odiar a nuestros indios, se caracterizaba por su maldad y crueldad.
Un día llegó a Yoro un curita español llamado Ignacio, de baja estatura, tez blanca y ojos profundamente azules, que poco a poco se fue ganando el respeto y el aprecio de los vecinos.
De las montañas bajaban para escuchar sus dulces palabras y cada vez que predicaba hablaba de amor, de amarnos los unos a los otros y les aconsejaba a las personas que siguieran el camino del bien.
Una tarde llegó adonde el cura un hombre alto y delgado, lo saludó respetuosamente y le dijo:
-Padre, vengo a confesarle algo que me está matando. Ya días abandonó este lugar ese soldado llamado Juan de la Cruz Rodríguez y Villanueva.
La verdad es que para mí sigue siendo soldado, aunque sea capitán. He jurado matarlo cuando aparezca de nuevo por estos lados.
Por su culpa perdí a mi familia y a muchos de mis amigos. Se ha ensañado con los indios y eso no es correcto.
El cura lo miró con calma y le dijo:
-Hijo mío, ¿sabes bien lo que me estás diciendo? Cada quien recibe lo que merece en el tiempo de Dios. Dejad que él arregle esos asuntos. Debes abandonar esos deseos insanos.
El cura hizo la señal de la cruz y le dio la bendición a aquel hombre.
El extraño salió de la iglesia y se fue por un camino solitario. Tenía fija en su mente la idea de matar al capitán español.
Era de los últimos en haber llegado de España después de los años pasados de la conquista. Tomaba por la fuerza a las mujeres que le gustaban y mantenía esclavizados a los indios.
Fue llamado por sus jefes desde San Pedro Sula, comunidad pequeña, pero de trabajo, y también de El Progreso. Los indios de Yoro respiraron tranquilos después de un año de intensos sufrimientos.
El hombre seguía con la idea de matar al español y se estaba preparando para su regreso. Entró en una casa de la montaña donde vivía solo.
Fue a uno de los cuartos donde tenía unas fuertes cadenas que había recogido en las aldeas; eran las mismas que usaba el capitán con los indios.
Una semana más tarde bajó a Yoro y fue a la iglesia en busca del padre Ignacio. Lo encontró orando de rodillas frente al altar mayor y esperó pacientemente que se levantara. Luego de saludarlo con el mayor respeto le dijo:
-Padre Ignacio, voy a hacerle caso a sus palabras: no voy a matar al capitán, pero si regresa a molestar a los indios de esta tierra. Buscaré la manera de que lo lleven a un juicio. Si los primeros españoles que vinieron le dejaron como herencia maltratar a los nuestros, algún día encontrará la horma de sus zapatos.
El padre Ignacio sonrió.
-Sabia decisión, hijo. Solo Dios tiene el derecho de llevarse nuestra existencia cuando él lo señale. Deme su bendición, padre, porque voy a estar ausente por un tiempo.
El padre Ignacio tomó agua bendita y le dio la bendición al hombre, que luego abandonó la iglesia.
Para desgracia de los indios, una mañana regresó el capitán con un contingente de soldados, tomó posesión de las mejores tierras y obligó a los indios a sembrar maíz y frijoles. A los que trataron de huir los capturó y encadenó.
Los encadenados pasaban por el pueblo ante la mirada de los vecinos que, impotentes, no podían hacer nada para liberarlos.
Un mes después regresó el extraño a la montaña, fue a su cuarto y sacó las largas cadenas que guardaba y haciendo esfuerzos sobrehumanos las subió en una carreta de bueyes.
Mientras los españoles se dedicaban a beber en el pueblo, todas las noches hacían lo mismo: se rodeaban de mujeres y daban rienda suelta a sus pasiones.
Una de esas noches, cuando todos se encontraban bebiendo y gritando, el capitán se presentó con el sacerdote y alzando la voz les dijo:
-Soldados, aquí está este curita que va a oficiar una misa en este momento. Si no lo hace, él sabe a lo que se atiene.
El padre Ignacio temblaba de pies a cabeza y haciendo la señal de la cruz improvisó el oficio religioso. Nadie se percató de que alguien que no conocían les estaba sirviendo la bebida.
Cuando el sacerdote abandonó el lugar, todos los hombres comenzaron a caer adormecidos uno por uno.
El capitán fue el primero en quedar recostado sobre una mesa. Todos los hombres fueron encadenados y una hora después despertaron, quisieron liberarse y no pudieron. Una voz fuerte habló:
-Ustedes han robado, matado y violado nuestras mujeres y su descaro más grande fue obligar al padre Ignacio a celebrar una misa entre borrachos. Voy a purificarlos a todos.
Acto seguido, con una antorcha le metió fuego al local. Todos gritaban pidiendo auxilio y en la madrugada sus cuerpos estaban carbonizados.
El extraño lanzó una maldición y abandonó el lugar para siempre.
Años más tarde, cuando creció la población de Yoro, comenzó a ocurrir un fenómeno nocturno.
Claramente se escuchaba la marcha de varios hombres arrastrando cadenas, luego se oían lamentos, gritos de dolor, pero nadie se atrevió a salir de su casa para investigar.
Eran los soldados con su capitán cumpliendo una maldición. Cuentan que hoy en día a veces se escucha que arrastran cadenas en Yoro.