10/04/2026
06:32 AM

Aparecido

El aparecido era nada menos que Satanás, que anda extraviando a la humanidad porque le queda poco tiempo, así que mucho cuidado con los extraños.

    Sucedió hace muchos años esto que ahora van a leer. La fiesta del Santo Patrón de Quelala, en Jesús de Otoro, se desarrollaba muy alegre y con un derroche de esplendor.

    Al mediodía se iniciaron las actividades con repique de campanas y cohetería, la gente salía a las calles con sus vestidos de ocasión y se llenaban los chinamos de jugadores, curiosos y bebedores; en las casas se hacían nacatamales y se brindaba a la salud de los parientes que llegaban de remotos lugares.

    Los adivinos se tomaban la plaza de la feria, el paraguas japonés daba vueltas sin cesar, mientras el pregón anunciaba histérico la presentación de la infortunada mujer que se había convertido en culebra por desobedecer a su madre.

    Los payasos iniciaban el desfile, el saltimbanqui gritaba en las esquinas del cabildo, el canto de la lotería... todo era una locura.

    En la tarde los amigos se abrazaban reiterando la amistad en las improvisadas cantinas de la plaza.

    Arístides Salazar, un lugareño muy apreciado, con tres compañeros observaba con ansiedad el desarrollo de los acontecimientos.

    Recorrió con la vista todos los puntos buscando un lugar dónde tomarse un trago con tranquilidad.

    De pronto descubrió con asombro a un joven parado en el centro de la plaza, que hacía ademanes como llamando la atención de alguien en particular.

    Arístides señaló a un compañero, el desconocido dijo que no moviendo la cabeza y le apuntó con el índice como diciendo es con vos la cosa.

    El hombre de nuestra historia se reunió con el extraño, se trataba de un joven de unos veinte años, su ropa era andrajosa pero limpia, descalzo y con el sombrero roto por los bordes.

    No se presentaron pero platicaron un poco de todo, lo animado de la fiesta, la cantidad de gente, el sabor de las enchiladas etc.

    Después vino la invitación. “Arístides, quiero que nos tomemos una cerveza”.

    Qué extraño, pensó Arístides, si no lo conozco pero sabe mi nombre... a unos pasos de donde se encontraban exactamente frente a la escuela, para arriba estaba instalado un chinamo. Allí comenzaron a beber una tanda de cervezas “cartas blancas” luego otra, y otra, hasta que se hicieron seis.

    El extraño buscó en sus bolsillos, no cargaba más dinero... “Arístides, acompáñame a mi posada, tengo que conseguir más dinero, invitaremos a tus amigos, ya verás cómo disfrutaremos de la noche”.

    Arístides no lo pensó dos veces. Las invitaciones caen bien en días de feria.

    Caminaban abrazados, siguieron por la calle del cabildo, doblaron a la izquierda hasta la casa de doña Cándida, siguieron por la calle de la tejera de Lino Carbajal, Arístides comenzó a sentir un miedo bárbaro... instintivamente se llevó la mano a la boca que la llevaba seca, buscó en su bolsa una afilada navaja.

    El extraño lo vio de reojo y le habló con tranquilidad. “No saque esa navaja, no es necesario, ya vamos a llegar”.

    Siguieron caminando, la oscuridad cubría completamente el campo de aviación que tenía al frente y las casas no se distinguían a pocos pasos, las ranas croaban sin cesar, los perros aullaban por el lado de la quebrada de Caracas y se sentía un penetrante olor a flor de muerto, las piernas de Arístides no le obedecían, caminaba como flotando y extrañas sensaciones le invadían el espíritu. “Ya llegamos...” dijo el desconocido.

    Arístides tocó una pared haciendo un esfuerzo por orientarse, pues no sabía donde estaba, poco a poco se fue acostumbrando y lo que vio le puso los pelos de punta. Se encontraba en el cementerio.

    El desconocido le sonrió y desapareció en medio de los mausoleos y las cruces, casi al instante regresó trayendo un costal.

    “Todo esto es tuyo Arístides, está lleno de dinero”; mientras hablaba le llenaba las bolsas, mientras este no pensaba más que en la cantidad de bebida que podía comprar en la feria.
    “Nos vamos Arístides”, dijo el desconocido, “usted no puede con tanto peso, vamos a la plaza y sigamos bebiendo.

    Mañana en la mañana puede regresar, que el dinero le estará esperando, es todo suyo”.

    Regresaron y siguieron tomando, el desconocido se ausentó por un momento.

    Habían pasado unos minutos cuando Arístides sintió que una mano helada le tocaba el hombro.

    Le costó trabajo controlar los nervios, su acompañante ya no estaba andrajoso, vestía un traje fino de casimir inglés, de corbata y con un sombrero de fieltro.

    “Hay que bailar y disfrutar de esta noche”. Caminaron rumbo al Galerón, una vieja bodega muy espaciosa cuyo propietario había sido asesinado por uno de sus mozos unos días atrás.

    Bailaron largo rato en el frenesí de la borrachera, se hizo una molotera que terminó con la estampida de músicos y bailadores. Arístides buscó al desconocido en el tumulto y no lo encontró.

    Nunca jamás volvió a hablar de él, nunca supo su nombre, por la mañana contó lo que había pasado a su esposa que estaba de malas pulgas por sus borracheras, ella no daba crédito a lo que le decía su marido y finalmente decidió acompañarlo al lugar donde supuestamente estaba el saco lleno de dinero.

    Lo encontraron en el mismo lugar, también ahí había joyas que brillaban intensamente.

    “¡No Arístides!”, dijo la señora, “no toquemos nada porque nos puede llevar el cachudo”. Cuando abandonaron el lugar el dinero se convirtió en zacate y espinas.