Desde finales del siglo 14, en el reino de Navarra, ahora parte del territorio de España, existen registros de que en Navidad se elaboraba un pan para niños, al cual se le introducía un haba.
“El afortunado en encontrarla era denominado Rey de la faba (que significa judía), e independientemente de su clase social, se convertía en un niño que a lo largo del año gozaría de una serie de privilegios”, señala Edmundo Escamilla, investigador gastronómico. En el siglo 18 se empezó a elaborar la rosca en México.
Según la tradición, se supone que se salva al Niño Dios del rey Herodes cuando el muñequito sale en la rosca, la cual representa la corona de los Reyes Magos, en la que el recién nacido se esconde.
“El que lo encuentra tendrá un año lleno de bendiciones, y por tanto tiene que dar los tamales del 2 de febrero, día de la Candelaria, para compartir la buena fortuna con la que ha sido agraciado. Por eso, con el fin de repartir la carga económica del pago de los tamales, actualmente es común encontrar varios muñecos del Niño Jesús”, indica Escamilla. Los muñequitos también han ido cambiando a través del tiempo, hasta llegar a una gran variedad de posiciones y materiales. Antes eran de cerámica o porcelana, ahora casi todos están hechos con pequeñas esferas de polietileno. En España, en contraste, es común encontrar pequeños objetos decorativos como animales o figuras navideñas y no al clásico muñequito.
La rosca de Reyes es una celebración para compartir junto con amigos, familiares y compañeros de trabajo por un año lleno de bendiciones y éxitos.