23/06/2024
12:24 PM

Dos hombres que enfrentan sin miedo a la muerte en San Pedro Sula

La morgue de San Pedro Sula se engulle en una vorágine cotidiana llena de dolor, angustia y desesperación

San Pedro Sula, Honduras

Pocas personas se han plantado ante la muerte como Carlos Quintanilla y Edgardo Simmons.

El primero, hace 17 años trabaja como conductor de la morguera de Medicina Forense de San Pedro Sula y aún tiene frescos en sus recuerdos aquellos días en los que “levantar” de las escenas del crimen a 25 muertos diarios era parte de lo cotidiano.

El segundo, tiene 23 años laborando en funerarias. Las escenas más duras y los dolores más profundos los ha visto y palpado desde El Príncipe, la funeraria apostada casi al frente de la morgue sampedrana. Aunque su voz y su temple parecen de acero, es un hombre que no deja de conmoverse ante la tragedia ajena, esa que a diario se vive por la violencia o el infortunio de las muertes inesperadas.

Quintanilla es un padre y esposo como cualquier otro. De su trabajo duro depende el sustento de su familia. Su turno es de 24 horas corridas, pero en una jornada extenuante hay días en donde ya en una mañana hay 10 cuerpos por recoger.

Ahora, con tres a cuatro muertos diarios en promedio en los últimos cinco años, el ajetreo en la morgue, en apariencia, ha mermado. No obstante, en jornadas cargadas de trabajo el pico máximo alcanza los 15 decesos diarios, según un análisis de LA PRENSA Premium a la base de datos de la morgue sampedrana.

En paralelo con la labor de Quintanilla, la misión de las funerarias va estrechamente ligada. Nadie está preparado para atender una situación tan dura. De forma oportuna y hasta anticipada este servicio se encuentra al alcance de los dolientes, incluso en el propio lugar de los hechos.

Simmons, mejor conocido como Simon, provee el servicio de venta de ataúdes y preparación de cuerpos. Y a veces llega a las escenas, incluso antes que los forenses.

Instalaciones de la morgue de San Pedro Sula.

En sus 23 años en este quehacer ha visto de todo, desde cuerpos en pedazos, en descomposición, hasta la tragedia de ver familias completas víctimas de la criminalidad.

“Este es un trabajo tétrico. He tenido compañeros que solo vienen un día y tiran la toalla. No es para cualquiera, pero el hecho de servir a una familia enlutada, ayudarlas y orientarlas en qué hacer con su ser querido muerto motivan a ayudar”.

Pese a que el trabajo de recoger cuerpos y darles tratamiento antes de ser sepultados podría ser impensable de realizar para la mayoría, Simon lo hace sin resquemores. “Es una de las cosas más duras que me ha tocado hacer. En una ocasión, en Tegucigalpa me tocó unir parte por parte el cuerpo de un joven que había sido partido en 26 pedazos. Su madre vi solo su rostro, pero jamás se enteró de cómo fue encontrado para causarle una pena mayor.

Simmons ofrece sus servicios en la funeraria Príncipe ubicada frente a la morgue.

“Hay trabajos que definitivamente yo no haría, le tengo un miedo tremendo a la electricidad, yo no subiría a un poste a tocar alta tensión y tampoco trabajaría como recolector de basura. Pero esos recolectores de basura, no prepararían un cuerpo como lo hago yo”.

Mientras los índices de violencia continúen sobresaliendo en el día a día de los hondureños, la dura labor de personas como Simmons y Quintanilla será indispensable para dar descanso a los que trágicamente fallecieron y algo de paz a los que vivirán con el constante dolor.

De su Quintanilla, cuenta que por la naturaleza de su trabajo le ha tocado hacer de todo. Fue contratado para trasladar cuerpos y al personal forense, pero por las carencias de personal, también debe hacer el trabajo más duro: extraer el cuerpo, embolsarlo y trasladarlo ante el forense que esté de turno.

Aunque casi la mitad de su vida adulta ha visto escenas dantescas, la dureza de tener que recoger el cuerpo de un niño no la supera.

“Uno solo piensa en sus hijos, en su familia. Es duro ver el dolor de una familia, de una madre que llora. He visto tanta sangre, pero ya considero este como un trabajo normal. Yo duermo bien, como bien. No me afecta, aun cuando muchas veces, las víctimas no están completas o en total estado de descomposición”.

Con solo tres médicos forenses en servicio, y una región que comprende 51 municipios, la sede forense de San Pedro Sula se engulle en una vorágine cotidiana llena de dolor, angustia y desesperación por aquellos golpeados por la tragedia de perder a un ser querido por la violencia.