07/05/2026
09:18 AM

Yo no sé de qué se asustan

    La frase atribuida al controversial Jorge Arturo Reina Idiáquez ilustra claramente la reacción de todos los hondureños ante lo sucedido en el Congreso de la República el pasado martes 21 de enero.

    Desde que José Manuel Zelaya soñó por primera vez en perpetuarse en el poder es notorio y evidente que se ha mantenido en estado hipnótico y no parece haber esperanzas de que se despierte. Cuando, ante la amenaza de realizar una encuesta ilegal que según él iba a legitimar la instauración de una dictadura, el Congreso Nacional lo releva de su cargo, él insistió en que estaba actuando según la ley, que tenía pleno respaldo popular, que el “golpe de estado” había provocado miles de muertos y que él era el mesías que el sufrido pueblo hondureño esperaba.

    Cuando la mayoría de los hondureños se mantuvieron firmes y, no obstante las múltiples presiones internacionales, se logró que la democracia sobreviviera, el expresidente asumió el papel de víctima, usurpó el título de presidente durante varios meses y se dio la gran vida sacando beneficio de la ignorancia de unos y la malicia de otros.

    Cuando, en un claro acto de traición al partido que lo llevó a la presidencia, que lo hizo figura pública y lo sacó del anonimato, funda el Partido Libertad y Refundación (Libre), se pensó que el hombre había sentado cabeza, que estaba dispuesto a someterse al juego democrático. Infelizmente, y debido a los bandazos de humor y de opinión, típicos de su personalidad, no pasó lo que todos querían que pasara: el hombre no quiere perder protagonismo, eclipsa incluso a su impuesta candidata, rechaza la voluntad de los votantes y se niega a aceptar que solo tres de cada diez hondureños tenían algún interés porque de nuevo los gobernara. Luego de lo del martes la cosa queda así: a mucha gente que votó por Libre le ha dado una gran vergüenza, a otros, amigos del caos (siempre han soñado con una Honduras sumida en una sangrienta guerra civil para saciar sus más bajos instintos) les ha complacido la conducta irrespetuosa, incivilizada y reprobable de los diputados izquierdistas.

    Luego, los diputados del Partido Anti Corrupción (PAC) han demostrado que carecen de personalidad propia y que llegaron al Congreso por una coyuntura histórica favorable, pero que ni saben de política, ni tienen ideología propia. Cierto es que, de seguir prestándose a los planes zelayistas, el PAC no será más que un aborto político y Salvador Nasralla habrá fracasado en su intento de colaborar en el adecentamiento del país.

    Estando así las cosas, hay que elogiar la postura de los liberales, que están poniendo los intereses de Honduras por encima de los propios.