29/11/2022
12:01 AM

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Un delito más que abominable

    Todos los delitos, todas aquellas acciones que van en contra de la convivencia civilizada y que causan daño individual y colectivo, merecen nuestra reprobación y deben ser perseguidos. Sin embargo, la extorsión, ese acto que consiste en apropiarse del trabajo ajeno, en amenazar y asesinar para vivir del sudor de otros, es más que abominable.

    Los malos ciudadanos que se dedican a obtener dinero fácil a costa del esfuerzo ajeno, causan un grave daño a la economía de las familias de los emprendedores, de la gente honrada que ha buscado, por medio de pequeños, medianos o grandes negocios, una fuente legítima de subsistencia, y, por supuesto, a la economía nacional. Cada negocio que se cierra, por miedo a la extorsión o porque su trabajo deja de tener sentido debido a que sus frutos son arrebatados violentamente por la delincuencia, significan fuentes de trabajo perdidas e impuestos que dejará de recaudar el tesoro nacional, y, con esto último, una merma en la cantidad de recursos disponibles para la ejecución de obras de beneficio común. Así de dañino es tan reprobable delito.

    Las mafias de la extorsión, gracias a la efectividad del terror que infunden, han crecido desproporcionadamente en el país. Todos los sectores productivos se han convertido en objeto de sus siniestros planes. Incluso, casas de habitación particulares han sido amenazadas, y las familias que habitan en ellas han recibido ofertas de “protección” forzada bajo amenazas de muerte o de privación de las mismas propiedades inmuebles.

    En el caso del transporte, debido a la naturaleza del servicio que presta y la exposición al público de conductores y sus ayudantes, el daño ha sido terrible. Docenas de vidas humanas se han perdido; padres de familia, hijos, hermanos, amigos, han resultado abatidos por balas criminales. En otros casos, pequeños comerciantes han cedido al chantaje y ven cómo parte de sus ganancias se fugan con gente inescrupulosa que vive a costa ellos.

    Hace falta un esfuerzo coordinado de la Secretaría de Seguridad con la ciudadanía, esta última haciendo uso de la denuncia y venciendo el miedo, para terminar con esta situación más lamentable. Claro, la cultura de denuncia es anulada por el miedo, porque, justamente, los extorsionadores son verdaderos terroristas que han hecho del temor su mejor aliado. Por esto último es que la Policía Nacional debe garantizar la seguridad de los posibles denunciantes.

    Este delito, más que abominable, debe ser combatido por todos los medios, o continuaremos secuestrados por malvivientes desalmados enemigos de la paz y del bienestar de todos.