La queja pública, generada en los hogares con creciente incertidumbre en lo que ha venido y en lo que se avizora, se escucha diariamente en la población que se acerca a los mercados para comprar alimentos, nada de exquisiteces, sino productos mayormente cultivados y cosechados en nuestros campos. Los precios van para arriba, fenómeno que los economistas definen como inflación hasta hace bien poco identificada con un dígito, pero ya va en dos.

Nos acercamos a la temporada navideña, aunque en el ámbito comercial cada año se adelanta más y ya finalizan los desfiles e inicia el movimiento de compra, aunque el aguinaldo todavía no asome en la esquina. Muchos ya lo habrán gastado por necesidad o para “lujos”. El caso es que aquellos productos de la canasta básica, fundamentales para la supervivencia, siguen en acelerada carrera sin que hasta el momento haya quien diga “hasta aquí”.

Habrá que recurrir a los elementales principios de la economía para explicar, no para justificar la inflación. No ha aumentado la demanda, quizá puede haber habido incertidumbre de lo que nos espera al ir a comprar. Más pareciera que la oferta, no en las fuentes de producción, sino en medio de la cadena, intermediarios, sea condicionada a la especulación y se sobrepasen las exigencias de las condiciones externas negativas.

Hace unos meses, la guerra de Ucrania era la explicación para todo, pero tras el inventario de las secuelas bélicas vienen las invenciones para presentar cosméticamente la situación. En nuestro caso es endémica, excluyendo en la mayoría de los casos el respaldo, el financiamiento, la seguridad y los beneficios en los productos agrícolas, de tal manera que ya tenemos entre nosotros el abandono de tierras, con incremento en la migración interior.

En las campañas abundan las promesas y cada cuatro años reverdece el respaldo a la labor agrícola y más de uno proclama “volvamos al campo”. De reojo, y con dádivas, no con sólidos y eficientes programas, llegan políticos y funcionarios a aquellas zonas donde disminuyen las siembras, donde golpean duro las lluvias y la sequía, aumentando el temor a la pérdida de los cultivos.

Hoy hay alimentos, aunque cuesten un ojo de la cara, pero para el próximo año las previsiones son negativas y peores, ya que, según directivos de agricultores, nada se hace para almacenar provisiones, pues gran parte de la cosecha de grano va hacia los países vecinos. La emergencia nos ubicará en la débil posición de defensa y entonces la única solución es “sí o sí”. Anuncian escasez, pero todo queda como “quien oye llover”. La seguridad alimentaria es el inmenso vacío generado adentro, sin solución inmediata y con avivamiento y expansión de la pobreza.