El reciente paso del ciclón Julia, que dejó nuevas y costosas inundaciones en Honduras, ha colocado entre los temas del momento lo vulnerable que es el país a las amenazas de huracanes y ciclones que terminan -todos los años- en desastres humanos y económicos. Hace décadas que sabemos que se trata de eventos cíclicos y que deberíamos estar preparados para enfrentarlos. Pero seguimos indefensos, sin planes efectivos de prevención a pesar que, desde aquellos días del huracán Fifí, en 1974, y el Mitch, en 1998, las tormentas tropicales se han hecho más frecuentes y dañinas. Es penoso que, después del desastre de las últimas lluvias, los alcaldes del valle de Sula estén implorando por una lancha, por ayuda para armar un albergue y para evacuar damnificados; que sigamos enumerando los bordos que están dañados cuando decenas de familias ya están sufriendo por la irresponsabilidad e indolencia de los gobiernos que no han invertido ni fondos ni tiempo, ni han mostrado interés para encaminarnos a ser un país preocupado por disminuir los efectos de las inundaciones. Solo queda rezar, como lo han hecho los limeños sobre uno de los puentes del canal Maya, rogando por los cultivos y viviendas anegadas; por la amenaza a sus bienes y a sus esfuerzos. Igual de angustioso es escuchar a los funcionarios dándole gracias al Todopoderoso porque no se cumplió el pronóstico de Julia. Si el ciclón tropical llega con más fuerza, como se esperaba, estaríamos lamentando, nuevamente, daños en el aeropuerto Ramón Villeda Morales, con cuantiosas pérdidas. Pero vienen otras tormentas que vamos a enfrentarlas con las mismas acciones fragmentadas, reactivas, al estilo del “sálvese quien pueda”. Con la ausencia de un verdadero plan de prevención y reconstrucción que sea sólido, inclusivo, que abarque a los diferentes sectores: Gobierno, productores, alcaldías, comunidades y sociedad civil; que entiendan la gravedad del problema y contribuyan a encontrar soluciones no solo para el presente y mediano plazo, sino para las futuras generaciones.

Porque, aunque es prioritario prevenir con los métodos tradicionales, como los bordos, canales de alivio, dragados y las represas, que son urgentes, también es hora de trascender con verdaderas políticas de Estado que nos encaminen hacia el desarrollo en armonía con el medio ambiente y en paz con el planeta.

Un plan nacional que no deje espacio a la improvisación ni a proyectos donde priman negocios oscuros; que no deje que los intereses políticos y partidistas lo atrasen y sea tan transparente como efectivo. Hagámoslo bien, con visión a futuro. Atendamos esta lección que nos dejó Julia.