San Pedro Sula, Honduras
El tema ambiental ha ido calando en las últimas décadas, en unas sociedades más que en otras, como una necesidad de supervivencia, pues, sin ser catastróficos, el rumbo impuesto por la destrucción de los ecosistemas, la masiva contaminación y la irracional explotación de recursos naturales presentan un futuro sumamente previsible que ya se está experimentando como consecuencia del cambio climático y el calentamiento global, aunque sobran escépticos para quienes todos esos augurios no son más que cuentos en beneficio de intereses geopolíticos y económicos.
Más allá de las apreciaciones con respaldo en ojos cerrados y pensamiento en las nubes, las catástrofes naturales con arrasadoras lluvias o asoladoras sequías son hechos que están ahí, innegables y que evidencian estos cambios hacia la destrucción del planeta. Las explicaciones y relatos de personas mayores recuerdan las temporadas puntuales de lluvias, el calor esperado y para el cual se realizaban las previsiones en proporción a la temperatura y a la duración de la temporada. Ahora, el calificativo más apropiado es el de “irregularidad”, provocado por el mayor enemigo de la casa común, el animal, autocalificado de racional.
Hace más de medio siglo se dio la voz de alarma, se lanzaron las primeras iniciativas y comenzaron los esfuerzos para mitigar los daños, sanar los ambientes dañados y recrear aquellos que fueron liquidados. Un descomunal enemigo hubo que enfrentar entonces y sigue hoy como el gran obstáculo para la supervivencia colectiva y garantía de un hogar habitable para las futuras generaciones. Nos referimos al consumismo, que no solo agota los recursos naturales, sino que abre otra gran brecha con los desechos industriales, con la emisión de gases y con los residuos contaminantes invasores de espacios en tierra y mar.
“Dios perdona siempre, los hombres a veces y la naturaleza nunca”, recordaba el papa Francisco al referirse al tema del ambiente y al daño que se sigue causando a la madre tierra. Aquí habrá que aplicar el dicho, el que tenga oídos para oír que oiga, pues las catástrofes llegan, no por generación espontánea, sino por la irracional destrucción del hogar común de todos los seres vivientes del plantea. La ceguera, no solo cataratas, de dirigentes políticos, de multinacionales, de mercados avarientos y de ciudadanos con hábitos de consumo casi insaciables van acercando el borde del abismo, sobre el que ya tienen un pie los países más pobres del planeta. El problema es complejo, pero es necesario hallar soluciones que comiencen por la educación de la población, “alfabetización medioambiental y climática”, que encauce recursos y cree conciencia de que reparar y proteger la casa común es tarea de todos y en beneficio también de las generaciones venideras.