Claro está que la prolongada crisis política, con diversas manifestaciones y ramificaciones, que vivimos en este país, tiene como una de sus principales causas, la falta de un diálogo sincero entre las distintas fuerzas y el desconocimiento de las reglas básicas que todo proceso de diálogo conlleva en sí mismo.
Para empezar, un diálogo que arroje resultados fructíferos no parte de actitudes en posición de ataque ni intransigentes. Un diálogo, conversación entre dos, según la etimología, tiene como condición necesaria la aceptación de que uno puede estar equivocado y el otro tener la razón. Se trata, justamente, de escuchar serenamente el discurso del oponente, discurrir inteligentemente y estar pronto a cambiar de opinión si uno convence al otro. Cuando dos personas se sientan a dialogar, pero una de ellas persevera en sus posturas de manera irracional, lo que seguramente habrá será un monólogo, o una especie de plática entre sordos, en la que cada uno de los protagonistas escucha lo que cree y espera oír y realmente ignora la postura del otro.
Luego, el diálogo exige respeto mutuo. No hay comunicación verdadera si se parte de insultos y descalificaciones, si se asume un aire de superioridad moral que conlleva victimización y búsqueda de un reconocimiento previo de supuestos méritos de uno de los bandos y de supuestos delitos de parte del otro. El respeto del oponente tiene su raíz en el humilde reconocimiento de la propias fallas y errores. Y, como sucede ahora en Honduras, no hay buenos impolutos ni malos irredentos, porque la historia misma demuestra lo contrario.
El diálogo, además, tiene como fin primordial la consecución de acuerdos. La meta es el consenso. Por lo mismo, en él no puede haber terquedad, cerrazón, ni actitudes cercanas a la obcecación. De ahí que, desde que se comienza a hablar deben evitarse las estridencias e, incluso, mantener un tono de voz cálido y cercano.
Por lo anterior, solo pueden dialogar dos seres inteligentes, dos individuos pensantes. Los brutos, los irascibles, los que carecen de politesse humana, desafortunadamente, están incapacitados para el diálogo. No se puede hablar con el que cuando se le extiende la mano lanza una coz, o con quien nos da la espalda cuando nos debe dar la cara. El diálogo, encima, requiere madurez. Y edad y madurez no siempre caminan juntas. Una persona madura pone atención a lo que se le dice, no pierde fácilmente la paciencia, ni juzga temerariamente a nadie. Así que, la tenemos difícil, porque encontrar interlocutores que carezcan de los vicios señalados y practiquen las virtudes enumeradas, no parecen todavía estar a la vista.