Libertad, justicia y paz no son producto de gobiernos ni de leyes, sino que tienen su raíz en la dignidad y en los derechos iguales e inalienables de los individuos. Así expresa la Declaración Universal de los Derechos Humanos en sus primeras tres líneas que apuntan hacia la esencia misma de la dimensión personal.
La conmemoración anual de la Resolución de la Asamblea General 217 del 10 de diciembre de 1948, nos incita a contrastar el “ideal común por el que todos los pueblos y naciones deben esforzarse” y la realidad de la humanidad sin límites, cuya libertad, justicia y paz se mantienen en utopía.
“En Honduras, la impunidad es la primera amenaza contra los derechos humanos”, expresaba Lisa Kubiske, embajadora de Estados Unidos, o lo que es lo mismo amenaza para la paz y la prosperidad, asentadas en la justicia y la libertad.
Artículo por artículo, la Declaración presenta unas metas que, más de siglo y medio después, se hallan todavía muy distantes para millones de personas cuya labor diaria no rebasa la frontera de la subsistencia.
Todo individuo tiene derecho a la vida, a la libertad y a la seguridad de su persona. Innegable, pero ¿quién garantiza el ejercicio de esos derechos? ¿Cada quién? Será la selva. ¿El Estado? Debiera, pero...