08/08/2022
02:11 PM

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Democracia a prueba

    De alguna manera, cada vez que se inicia un nuevo Gobierno nuestra vacilante democracia se pone a prueba. Prácticamente, en casi todos los mandatos anteriores al presente ha habido momentos en los que las reglas de juego democrático han corrido riesgos y la ciudadanía ha contemplado con cierto estupor cómo los protagonistas de la vida política nacional negocian con las leyes, las acomodan o interpretan a su conveniencia y olvidan los caros intereses de la patria para velar por otros menos diáfanos; pero que benefician a determinadas personas o a grupos de ellas.

    La Constitución misma, aquella que con tanto esfuerzo redactaron los constituyentes para hacer posible el retorno a la democracia, ha sido soslayada, mirada de menos o interpretada a su modo por los que tenían el deber de defender su integridad. Se ha declarado, alguna vez, su “inaplicabilidad” o se ha dicho que puede ser violada las veces que haga falta. Y si eso puede hacerse con la carta magna de la república, todo puede hacerse con las leyes secundarias que de ella emanan o con cualquier disposición legal. No ha importado que, con esas acciones, desde todo punto de vista reprobables, se haya debilitado la democracia y, peor aún, se haya perdido la confianza en ella de la ciudadanía.

    El presente período no ha sido la excepción. Desde la instalación del Congreso de la República, pasando por la elección de su junta directiva, hasta la incertidumbre que prevalece ante el nombramiento de la junta nominadora para la próxima elección de la nueva Corte Suprema de Justicia, tema delicadísimo para la existencia del sistema democrático y su credibilidad, todo parece indicar que los vaivenes de la política vernácula van a prevalecer sobre la estabilidad y el respeto a las instituciones.

    La democracia hondureña, pues, está de nuevo a prueba. Después de más de 40 años de haber superado la etapa de los regímenes militares y de buscar el equilibrio multipartidario, aunque se ha avanzado y muchos obstáculos se han superado, no hemos sido capaces de construir una ruta segura que nos lleve, sin sobresaltos, a una convivencia armónica que haga posible el desarrollo equitativo para todos los hondureños.

    El día a día de la política vernácula nos la muestra inmadura, incapaz de generar consensos, anclada en el pasado, más ocupada en imponer las posturas de unos sobre las de los otros y no de pensar en el futuro.

    Así las cosas, es difícil conservar la necesaria esperanza de un devenir mejor para este pobre país, víctima de sus propios hijos.