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Como agua de mayo

  • 02 mayo 2020 /

    Durante siglos, en los días como hoy, en los que el mundo cristiano, y sobre todo en Hispanoamérica, se ha celebrado el Día de la Cruz, se ha acostumbrado colocar en los hogares cruces previamente decoradas, que se ubicaban en algún sitio en el que estuvieran a merced del sol y la lluvia. Lo anterior, en señal de petición, para que cayera agua suficiente y así se pudieran obtener cosechas abundantes, y, también, en acción de gracias, porque, una vez comenzado mayo, raro era el año en el que no comenzaba a llover torrencialmente.

    Uno de los efectos del cambio climático ha sido, justamente, que la certeza sobre el inicio del ciclo lluvioso se haya alterado. De ahí que aquellas tan esperadas aguas de mayo ya no siempre llegan a tiempo. Los campesinos que, sin temor ni duda, comenzaban a roturar el suelo para depositar la semilla desde finales de abril, ahora prefieren esperar y viven a la expectativa de los pronósticos para no vivir experiencias como la del año pasado, en el que miles de agricultores vieron agostar sus cultivos bajo el sol inclemente, porque la lluvia fue escasa y no la suficiente para hacer fructificar lo sembrado.

    El agua de mayo, además, ayudaba a que las cenizas producidas por las quemas se convirtieran en abono y aumentaran la feracidad de la tierra. Desde el período precolombino, los mayas tenían la costumbre de poner fuego a los campos de cultivo en barbecho, año tras año, antes del inicio de la época lluviosa, con ese mismo fin. Hoy ha desaparecido esa práctica y lo que vemos, con profunda tristeza, es cómo gente insensible, irresponsable y criminal incendia nuestros bosques, quién sabe con qué propósito, y vuelve nuestro aire irrespirable y el horizonte de nuestras ciudades y campos en grises cortinas de humo.

    Este año, de nuevo, miles de hectáreas de bosque, en los cuatro puntos cardinales de Honduras, han resultado consumidas por el fuego. Por eso, los hondureños esperamos las lluvias de mayo, que, de acuerdo con los especialistas, llegará a tiempo y en abundancia. Esto alegrará a muchos de nuestros paisanos que, no obstante el paso de los años, conservan la centenaria tradición de colocar esa cruz de madera “vestida” con papelillo de colores que el sol y la lluvia se encargan de desteñir y que ven en el agua una bendición del cielo, como, en efecto, es.