23/01/2023
12:37 AM

Más noticias

Cocaleros

    La olvidada e inhóspita zona de La Mosquitia ha sido, nuevamente, centro de noticias en estos meses. De un lado, el anuncio del hallazgo de piezas arqueológicas encontradas por soldados dedicados a proteger las áreas de la llamada Ciudad Blanca —en homenaje a los mitos y leyendas sobre una antigua civilización— y en el extremo la confirmación de lo que ya sabíamos: los sembradíos de coca y la existencia de narcolaboratorios, que se han vuelto populares en las casi impenetrables selvas de Gracias a Dios. Y aunque no es nuevo que esas remotas montañas y su costa son usadas desde hace décadas como puente del narcotráfico de Sudamérica hacia Estados Unidos, sí es alarmante que más familias hondureñas sean acorraladas por estas mafias que trafican la droga a gran escala.

    Ese mundo del narcotráfico empieza a tragarse a este departamento, igual que lo hace con otras regiones hondureñas que han sufrido y han sido testigos de masacres en sus vecindarios, ya que alguien paga con su vida, y con la vida de familiares, cada vez que sale mal alguna operación para descargar una avioneta o una embarcación con cargamentos de cocaína que van rumbo al norte.

    Y aunque las autoridades no acepten el tamaño del problema, haber pasado de ser puente a convertirnos en productores de coca es alarmante, como lo han advertido varios estudiosos del problema.

    Uno de estos expertos es Mike Vigil, exagente de la agencia antidrogas estadounidense (DEA), para quien los que cultivan normalmente estas plantas ilícitas son campesinos, gente pobre que ve en su siembra una alternativa de sobrevivir a la adversidad. Esa conclusión es lógica en un país con el 70% de su población hundida en la pobreza, desilusionada por la indiferencia estatal y vulnerable al dinero de los narcotraficantes, que promueven la violencia.

    Hay cultivos de coca también en las montañas de Colón, Olancho y Yoro, que de ser regiones para el tránsito de la droga van camino a ser zonas cocaleras —como en Bolivia, Colombia o Perú— donde la droga es un medio de subsistencia. Se han detectado sembradíos en Trojes, El Paraíso, y en San Antonio de Cortés, municipios que son duramente golpeados por el desempleo.

    Estos cultivos se propagan en pequeñas plantaciones, pero siguen extendiéndose peligrosamente a otras zonas. Y esa producción local, más su procesamiento en narcolaboratorios, son oro puro para los traficantes, que ven la oportunidad de aumentar sus ganancias y reducir los riesgos del negocio a costa de la necesidad de los hondureños que han perdido la fe y no ven otra salida para subsistir.