No es un rutinario saludo del diente al labio con aires de fe ni “toquecito” en la red para señalar que seguimos ahí, sino acción efectiva, mano transformadora en el camino y horizonte claro de inclusión y vida mejor, aun en condiciones sumamente complejas y difíciles. Esta es, en síntesis, con un toque religioso y espiritual del bueno, valoración de las personas, la esencia y naturaleza del programa Amigos para Siempre.

Entrega, constancia y seguimiento han hecho posible durante tres décadas el desarrollo de actividades programadas para cinco años. La ruta recorrida es inmensamente mayor en tiempo y, sobre todo, frutos alcanzados, que hoy desde una lejanía todavía próxima para muchos sampedranos son calificados como “bendición” para miles de niños, extensiva en estos tiempos de gran crisis a la labor con las madres de los pequeños. El grano de mostaza convertido ya en árbol.

Sin ataduras burocráticas ni aires de grandeza por supuesta majestuosidad de iniciativas de alto presupuesto, el encuentro, día a día, en un espacio para la recreación deportiva transformó en miles de niños la visión y el sentido de la vida, que hoy está llegando también a las madres con talleres de capacitación y, sobre todo, convivencia entre personas, quizás con pared colindante, vecinos, pero “desconocidos”.

Amigos para Siempre surgió con visión de prevención, muy escasa entre nosotros, para proteger de las drogas y la violencia a los niños y jóvenes en una zona de la Capital Industrial, cuya historia queda en el recuerdo de quienes ya pintan canas y saborean cuatro décadas, como dice la canción. Como alguien dice aún, del primer anillo para abajo el tiempo se contaba por tragos y prostitución, sustituido por otros problemas sociales que atentan contra el saludable y prometedor desarrollo de niños y jóvenes.

“Nuestro esfuerzo ha valido la pena porque las estadísticas hablan y, al menos, en los barrios en los que tenemos cobertura los índices de violencia se han reducido”, señala sor Antonieta Pérez, hermana de la caridad y directora del proyecto. Con personas así, de vocación religiosa, la clave de la actividad social no es otra que la fe, el amor al prójimo y la firme esperanza de que con perseverancia se logra la meta.

Una canción nos recuerda en pocas palabras la vida: “A veces llorar, a veces reír, seguir el camino... y al final los amigos no se olvidan de sus amigos”. Es necesidad para todos que en los pequeños es una mayor esperanza, están comenzando y son muchos los peligros, son inmensas las necesidades y descomunales los desafíos que necesitan amigos para siempre.