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Transparencia

  • Actualizado: 21 octubre 2020 /

    El silencio no resuelve nada y genera muchas dudas, y lo mejor que se puede hacer para que no prevalezca la incertidumbre y, como hemos dicho en otras ocasiones, no crezca la desconfianza es que se informe a la población, con total transparencia, cómo se han invertido los millones que se han gastado durante la emergencia sanitaria.

    Además del bochornoso escándalo que ha rodeado la compra de los hospitales móviles, hay otros asuntos relacionados con sobrevaloración de insumos, compra de equipos defectuosos y otras que generan dudas razonables y que muy difícilmente pueden justificarse.

    Toda esta penosa situación no solo afecta la credibilidad de Invest-H o del Gobierno actual, sino al Estado hondureño como tal, puesto que luce incapaz de dar explicaciones creíbles que, finalmente, convenzan a la mayoría.

    Porque, si bien es cierto, mucho de lo que se ha dicho sobre las inversiones realizadas para enfrentar la pandemia y sus consecuencias tiene motivaciones políticas y busca, sobre todo, desacreditar al adversario, también es cierto que la información que ha llegado a la ciudadanía no ha sido ni suficiente ni satisfactoria.

    Y, en la medida en que pasan los días y aparecen más datos o surgen nuevas revelaciones, el escepticismo crece. Cuando se muestran documentos que parecen acreditar treinta y tres millones de dólares de gastos que exceden a lo que debió haberse utilizado, y se contempla la evolución de la pandemia y se piensa en lo que pudo haberse hecho con ese dinero, resulta natural que se exija una rendición de cuentas realmente clara y que se deduzcan responsabilidades a los que, por malicia o por negligencia, han causado semejante daño a la población entera.

    El binomio corrupción-impunidad es un lastre para el desarrollo material y moral de Honduras.

    No solo se trata de los millones que se esfuman, sino también de la sensación de frustración que la falta de transparencia en el uso del dinero público causa en todos los sectores.

    Es la sensación de vivir en un país irredento y desesperanzado, en el que parece que la integridad ética es una especie inexistente, por eso es que es urgente un cambio de mentalidad en la clase dirigente. Porque la cultura de denuncia se ha ido fortaleciendo y, con ello, el deseo de las mayorías de mayor probidad, de cuentas claras, de un manejo diáfano del dinero de todos, en estas circunstancias más que nunca.