Un deseo inmenso de salir corriendo, ganas de tomar un avión hacia rumbo desconocido, donde se pueda ser otro y empezar de cero.
Hundirse en el anonimato.
Lo primero es un clásico síntoma en un episodio de ansiedad; lo segundo, una idea que cruza la mente de una persona en plena crisis existencial. Algunos convierten la idea en acción y no se vuelve a saber de ellos.
Quién no ha tenido un escape mental en el que observa todos sus yo potenciales y entonces quisiera huir de sí mismo, salir de ese encierro que a veces causa asfixia.
“Y es por eso por lo que leemos novelas, vemos películas y vamos al teatro: para disfrutar de vez en cuando de esas otras vidas”, nos dice la escritora española Rosa Montero.
Seguramente que esa posibilidad es lo que hace tan fascinante el oficio de los actores; la posibilidad de ser “otro”, de jugar otros roles, ser alguien más de vez en cuando, descansar de uno mismo y el papel que se debe representar en la vida.
En realidad, los artistas en general juegan todo el tiempo con realidades alternas, un verdadero respiro para el alma.
Estas crisis de las que hablo nos vienen a menudo en el meridiano de la vida, cuando comenzamos a observar detenidamente lo que hemos hecho con nuestra existencia y resulta que no nos gusta mucho el asunto. Estábamos esperando otra cosa, nos habíamos apuntado para algo más.
Es entonces cuando surgen las tres preguntas (como el título del libro de Bucay) ¿Quién soy?
¿Adónde voy? ¿Con quién?
Algunos psicoterapeutas aseguran que estas agudas manifestaciones de dudas vienen también con los cambios (nuestro propio cambio) en lo que se conoce como las grandes décadas; al cumplir treinta, cuarenta, cincuenta, sesenta y así.
Al llegar a estas edades tan cruciales para todos ya que significan algo importante para cada uno, es normal que nos invadan semejantes pensamientos, perfectamente normal.
La gran mayoría de las personas tiene tantas cosas en juego, pocas ganas de arriesgarse y tan poco apoyo en su entorno social que, después de que esta serie de pensamientos ha rondado por su cabeza, solo se sienta un momento a esperar “que les pase el susto”.
Los otros en cambio, se hacen un total replanteamiento de todo, buscando (y consiguiendo) poner cada cosa donde realmente debe estar.
Cada situación, persona y a sí mismo... en su sitio.