Una rosa roja si estás despierta o una rosa blanca si estás dormida. El rojo carmín, que es el emblema del milagro de la vida y del amor incondicional que da una abnegada madre que alimenta a su hijo con el maná que brota de sus fecundos y maravillosos pechos, que son la fuente inagotable que sacian la atroz hambre y la sed del recién nacido.
El blanco de pureza es el símbolo del sacrificio y de entrega de una madre que después de haber cumplido con la ardua faena con sus hijos, el calendario del tiempo la hizo quedar dormida apretando una rosa blanca con sus gélidas y frágiles manos y que jamás se olvida.
Esa madre que vive o que ya ha partido, estas dos rosas: rojas y blancas con distintos colores, pero con las mismas fragancias llenas de alegrías o melancolías, en especial en este día y siempre, pues el amor de madre es eterno y aun después de la vida.
Para esa madre santa que es el mejor regalo que Dios nos da y que desde que nacemos le provocamos dolor de parto y silencioso llanto con lágrimas de sangre que se transforman en dulce sonrisa al contemplar el milagro de la vida.
A mi madre querida y a todas las madres, les entregamos estas dos rosas, roja y blanca, y les dedicamos este sincero poema, para que lo lean si están despiertas o que lo escuchen si están dormidas.
Felicidades a todas las madres, que son el origen y el verdadero amor de la vida, sea que tengamos la bendición de tenerlas con nosotros o la resignación de recordar ese día, el más triste de la vida en un país llamado Honduras.