19/07/2026
10:04 PM

Trump, su credibilidad y las instituciones democráticas

Hay una cosa muy clara en los Estados Unidos, más que las personas, lo importante son las instituciones.

Juan Ramón Martínez

Ningún presidente de los Estados Unidos ha suscitado más irrespeto y disgusto, que Donald Trump. Y en plena luna de miel, en los primeros cien días. Pero igualmente, en ningún otro momento el sistema democrático de los Estados Unidos ha recibido más respeto y consideración.

Como dicen, en las crisis es donde se conocen los hombres y las instituciones. Que Trump hable y después piense; que provoque y que lo desmientan; y que cree que se trata de un presidente cualquiera, típico de una “república bananera” que puede hacer lo que le da la gana es una sorpresa.

También la democracia estadounidense nos ha dado señales extraordinarias: división de poderes, independencia del Congreso, libertad de los fiscales, los jueces y las cortes y la vocación de los medios de comunicación que, antes que voceros del poder, actúan en nombre del pueblo, manteniéndose vigilantes e impidiendo que el gobernante actúe contra la ley y en contra de los fundamentos de la sociedad estadounidense.

Trump ha dicho mentiras: el ataque terrorista en Suecia, que nunca existió; la supuesta disminución del turismo en Francia, mientras el número de estadounidenses ha aumentado en los primeros meses del presente año; y que Alemania le debe a la OTAN. Por ello los dirigentes de los tres países le han desmentido. Porque Trump, tiene la vocación de creer lo que le dicen sus amigos cercanos para con ello mentir patológicamente; o hacer afirmaciones sin hacer las verificaciones de las fuentes, antes de dar públicas declaraciones. Al final, los tres gobernantes citados, así como los medios de comunicación del mundo, se han burlado de él, como nunca nadie lo había hecho con un gobernante estadounidense.

Llenando de vergüenza, incluso a sus correligionarios. Y los votantes suyos que, posiblemente, ahora, están arrepentidos de haberle dado su voto.

Hay una cosa muy clara. En los Estados Unidos, más que las personas, lo importante son las instituciones. El Presidente, no domina al Congreso; ni controla la Corte Suprema de Justicia. Y ni siquiera tiene control sobre los fiscales, que aunque dependen de la rama ejecutiva, no vacilan entre la ley y los deseos del titular del ejecutivo. Y esto es ejemplar. Entre las burlas y el menosprecio a Trump, se agigantan las instituciones en las que se basa la democracia estadounidense. Y la independencia de los medios de comunicación –mucho más dedicados a la investigación y el cuestionamiento que a la alabanza– aumenta nuestro respeto por los Estados Unidos.

De modo que no importa que nos burlemos de su gobernante, y que nos cause pena sus formas de reaccionar frente a los reveces que le impone el Congreso y la Cámara de Representantes. Porque en los Estados Unidos lo importante es la ley, la durabilidad de las instituciones y la independencia de los poderes. No los políticos. Ni mucho menos, los gobernantes. Quienes diseñaron ese modelo, los que lo han mantenido y los que lo defienden, no se equivocaron nunca.

El sistema siempre le tuvo miedo a Washington. Y como abominaban del rey de Inglaterra que les negaba sus derechos y libertades, crearon un sistema institucional, con un ejecutivo débil, sometido al Congreso y al escrutinio de las Cortes, para constatar que no se alejaba ni un ápice de la libertad. Los que redactaron la independencia, esperaban a Trump. Y este, al probar la fortalece del sistema –que incluso puede destituirlo del cargo por medio del juicio político— sin que lo haya buscado Trump, ha confirmado su fuerza, su vigencia y su utilidad.

Los estadounidenses, que no se dejan manipular por los políticos provocadores como Trump, deben estar orgullosos de sus instituciones. También lo estamos los demócratas occidentales porque sabemos que un deterioro de la democracia de los Estados Unidos amenaza la estabilidad de democracias parvularias como las nuestras.

Y que, por el contrario, Estados Unidos, democráticamente fuerte, líder moral del mundo occidental, nos da esperanzas que la democracia nuestra no se hundirá prematuramente, ahogada por la superioridad de las personas con respecto a las instituciones. Que igual que en Estados Unidos con Trump, las personas son pasajeras. Las instituciones son permanentes.

*Historiador y analista político