“¡Todos, todos, todos! En la Iglesia hay lugar para todos. “Padre, pero yo soy un desgraciado, soy una desgraciada, ¿hay lugar para mí?”. ¡Hay lugar para todos!” Estas palabras pronunciadas por el Papa Francisco en la ceremonia de acogida con los jóvenes en la JMJ en Lisboa Portugal. Han provocado reacciones diversas al interior de la Iglesia. Por un lado, están los que entienden el mensaje del Santo Padre, como una invitación sin ambages ni exigencias que podría decantarse en un cristianismo ligth, al margen de la conversión y el cambio de vida.
Mientras que otros sectores ven en estas palabras una paternal invitación a todos a iniciar un camino de vida dentro de la Iglesia, sin temor a ser discriminados o desechados. En lo personal me adhiero a esta segunda interpretación, la cual veo confirmada en otras palabras de su Santidad, como su mensaje para la Jornada Mundial de oración por las vocaciones de 2022, donde dice:” “La vocación, como la santidad, no es una experiencia extraordinaria reservada a unos pocos. Así como existe la ‘santidad de la puerta de al lado’ (cf. Exhort. ap. Gaudete et exsultate, 6-9), también la vocación es para todos, porque Dios nos mira y nos llama a todos”. Creo que está Cristo interpretativo del famoso “cabemos todos, todos, todos” de Francisco. La invitación de Cristo no es exclusivista ni excluyente, en consecuencia, todos cabemos en la Iglesia que es la mediación humana para que esta invitación Jesús a la salvación se vuelva efectiva, viva y eficaz. Por medio de encuentro personal con Jesús, la paulatina toma de conciencia, la imperiosa necesidad de la conversión, y la difícil perseverancia nutrida por los sacramentos que alimentan la vida de la gracia. Seguir a Jesús es un proceso que inicia en la cuna y termina en la tumba, no es inmediato, automático, ni espontáneo, es un ejercicio libre de la voluntad humana de respuesta agradecida a la iniciativa gratuita del amor de Dios. Entender esto a veces resulta muy complicado para algunos católicos, quienes critican al papa afirmando que, junto al “todos caben en la Iglesia”, debería ir una advertencia que, sin conversión no se puede entrar a esta iglesia. Pero se olvidan de las palabras del Maestro: “Pero, ¡ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas!, porque cerráis el reino de los cielos delante de los hombres, pues ni vosotros entráis, ni dejáis entrar a los que están entrando”.
(Mateo 23,13) Y es que no podemos olvidar, como nos ha recordado el Papa que, “la iglesia debe ser siempre un puente y nunca una aduana”, y el primer paso hacia la ribera de la salvación, ha de ser una invitación y no el pago de un peaje, no se trata de olvidar la conversión, sino de tener siempre presente, que todo es un proceso para caminar tras aquel que nos ha amado, nos ha llamado y nos dice cada día, ¡Sígueme!, tal y como somos hoy, para que un día seamos aquello que Él ha soñado.