24/05/2024
01:43 AM

Todo comienza en la familia

Roger Martínez

Hace ya algunos años una empresa bancaria local lanzó una campaña que llevó como lema el título de esta columna. Y he querido retomarlo para hablar de un tema que pocas veces se relaciona con la vida familiar y que, indiscutiblemente, está íntimamente ligado a ella.

Desde que comenzaron a escasear las lluvias y a apretar el calor, los habitantes de Tegucigalpa hemos comenzado a ver columnas de humo que se levantan desde distintos puntos de los cerros y montañas que rodean la ciudad, o dentro del perímetro urbano mismo. También hemos visto y escuchado como helicópteros de las Fuerzas Armadas realizan trabajo de extinción de estos incendios por medio de acarreo de agua que luego es vertida sobre las llamas. En los últimos días estas escenas han sido frecuentes: fuego y humo, trabajo de los bomberos y del Ejército para sofocarlos.

Es posible que haya fuegos que se inicien de manera, digamos, espontánea, pero muchos son provocados por personas inconscientes que parecen no entender el grave daño que causan al entorno y a todos los que vivimos en esta ciudad, o en cualquiera de los lugares en que se producen incendios.

Esta situación muestra una falta evidente de educación en el cuidado de lo que el papa Francisco a dado en llamar “la casa común”. Porque es exactamente eso: en este caso, en esta ciudad, en este país, el cuidado o el descuido del medio nos beneficia o nos daña a todos. El aire que respiramos los capitalinos es el mismo, tanto si vivimos en los Planes del Mogote como en el barrio Abajo, en el barrio Perpetuo Socorro de Comayagüela o en el San Felipe de Tegucigalpa.

Y todo comienza en la familia. La conciencia de que tenemos la obligación de cuidar la naturaleza, de preocuparnos por dejar a las futuras generaciones una ciudad y un país habitables, se aprende en casa. Ahí aprendemos a desechar adecuadamente la basura, a no lanzarla a la calle por la ventanilla del carro, a no desperdiciar al agua, a respetar la vida animal.

Los hijos no hacen sino imitar muchas de las conductas de sus padres. Y si estos se comportan inadecuadamente en relación con el cuidado “la casa común”, pues ellos repetirán las conductas que se oponen a la responsabilidad que todos tenemos para con ella. Si los padres actuamos ante estos asuntos como si no fueran de nuestra competencia, estamos, si duda, dejando una “hipoteca ambiental” que nuestros hijos pagarán muy caro.