Suecia dio un nuevo paso hacia la formación de un gobierno de derecha después de que la primera ministra socialdemócrata, Magdalena Andersson, formalizase su dimisión, anunciada tras reconocer la derrota en las elecciones legislativas del domingo antepasado.

El recuento final de la Autoridad Electoral, que incluye el voto exterior y los votos anticipados enviados dentro de plazo pero que no llegaron a tiempo, certificó la victoria del bloque de derecha, que se impone al centroizquierda por siete décimas o tres escaños (49.5 % y 176 por 48.8 % y 173).

Andersson, que seguirá al frente de un ejecutivo en funciones, acudió al Parlamento para presentar su renuncia a su presidente Andreas Norlén, quien recibió por separado a los líderes de las ocho fuerzas parlamentarias y encargará previsiblemente luego formar gobierno al conservador Ulf Kristersson.

El Partido Moderado (conservador) de Kristersson fue tercero, con el 19.1 %, por detrás de los socialdemócratas de Andersson, con el 30.3 %, y del ultraderechista Demócratas de Suecia (SD), con el 20.5 %, el gran ganador de los comicios, pero sin opciones reales de gobernar.

Esta formación de ultraderecha, con raíces neonazis en su fundación, ha sido sometida a un “cordón sanitario” por el resto de fuerzas desde su entrada en el Parlamento en 2010, lo que explica que los socialdemócratas hayan gobernado en minoría las dos pasadas legislaturas pese a que en la Cámara había mayoría de derecha.

Conservadores, cristianodemócratas y liberales se han abierto el último año a romper ese aislamiento y pactar con el SD, pero rechazan su entrada en un ejecutivo, una exigencia que la ultraderecha podría aceptar a cambio de ganar influencia política.

“Ahora comienza el trabajo para formar un nuevo Gobierno”, escribió Kristersson después de que Andersson aceptase la derrota electoral.

Kristersson ya recibió en sus oficinas, por separado, a los líderes de las otras tres fuerzas del bloque de derecha, y los contactos se han intensificado en los últimos días, según medios suecos, aunque los protagonistas mantienen un perfil bajo.

La opción preferida por Kristersson es un ejecutivo en minoría con los cristianodemócratas, apoyado por liberales y el SD, dos fuerzas que mantienen una complicada relación y que se excluyen mutuamente en un hipotético gobierno. Aparte de las rencillas internas, las negociaciones se presentan difíciles por las diferencias en algunos temas como el paro y el seguro de enfermedad, que los conservadores quieren bajar y que el SD considera una línea “roja”.

Más fácil parece el acuerdo en temas como la delincuencia y la inmigración o en política energética, donde los cuatro partidos están a favor de impulsar la energía nuclear. Lo que sí parece improbable es que las conversaciones se alarguen hasta 131 días como ocurrió en 2018, récord en Suecia, cuando fue necesario un pacto de socialdemócratas y ecologistas con dos fuerzas de derecha para romper el bloqueo político.