Después de ver los resultados de la recaudación de impuestos por el más reciente concierto de un popular artista, publicados en redes sociales por las autoridades municipales de San Pedro Sula, uno puede concluir muchas cosas, entre ellas, que los hondureños vivimos para el presente, casi de manera exclusiva.

Más allá de la controversia, en ocasiones absurda, sobre los gustos musicales de la actualidad y la exitosa estrategia de mercadeo que envuelve al “conejo malo”, es innegable la movilización de recursos económicos que logró el evento.

Se estima que el estadio Olímpico albergó a más de 40 mil personas que abarrotaron la ciudad y provocaron una celebrada “derrama económica” como ha sido destacado. Sin embargo, en un país en el que más del 70 por ciento de la población se encuentra en situación de pobreza, un concierto con resultados tan apoteósicos deja mucho que pensar sobre la forma de vida de nuestra población.

El costo de los boletos para el concierto rondaba entre los 1,100 lempiras y los 4,500 lempiras, en este segundo caso equivale casi a la mitad del salario mínimo, pero debido a la gran demanda, se triplicó el valor en el llamado “mercado negro”. Esto lleva a pensar que muchas personas se endeudaron para ver al cantante más popular del momento.

Pero la voluntad superó obstáculos de todo tipo. No importó el costo de los boletos, ni que se tratara de un día en plena semana laboral. Esta es una prueba clara de que, cuando hay compromiso con el objetivo a alcanzar, todo es posible.

Para quienes vimos el panorama desde lejos, queda un sinsabor: el de la falta de compromiso de nuestra gente con su propio destino. No hay visión a futuro, ni siquiera del propio. El disfrute de un momento está por encima de cualquier cosa.

Hemos aprendido a vivir el presente con intensidad, sin pensar en las consecuencias de ninguna naturaleza; sin analizar las propias posibilidades de salir adelante.

Una sociedad poco educada, no necesariamente en temas musicales, puesto que hay que entender que el conejo no es solo música, sino un producto que encaja con el estilo de vida admirado y deseado por muchos jóvenes y algunos que se aferran a no dejar de serlo. Podemos compartirlo o no, pero lo cierto es que está allí como reflejo de una generación retadora, desafiante, dispuesta a imponer su propia forma de concebir su realidad.

Por encima de la afinidad o no hacia el artista (algunos objetarán que lo llame así) es muy importante que consideremos que, si San Pedro Sula busca convertirse en un centro de conciertos y grandes eventos, debe mejorar la infraestructura urbana. Allí hay mucho donde destinar los recursos recaudados -y cacareados- en impuestos.

Además, el caos en la ciudad también nos da muestras de la necesidad de trabajar en temas intangibles, pero muy importantes para la convivencia pacífica, como la educación vial y la disposición de residuos.

Lo de “botar la basura en su lugar” no pierde vigencia, como tampoco la pierde la necesidad de colocar depósitos para ello. San Pedro Sula es una ciudad sucia, no por la falta de limpieza municipal, sino por los malos hábitos de sus ciudadanos, que convierten en botadero cualquier espacio disponible.

Finalmente, el concierto nos deja una lección más profunda: es urgente un cambio de pensamiento que no solo priorice el disfrute, sino la visión de mediano y largo plazo. Pasar de vivir el hoy como fin último, por un futuro en mejores condiciones. Quizás por ahora sea solamente un sueño, pero no hay que dejarlo de lado.

Nadie me preguntó, ni siquiera Titi, la de la canción sonada del artista. Pero mi conciencia suele ser más persistente que cualquier estribillo de sus éxitos. Ojalá algún día la gente responda al llamado de su propio futuro con tanta alegría y entusiasmo como respondió al llamado del conejo famoso, pero ajeno.

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