25/05/2024
01:53 PM

Sin levantar la voz

Roger Martínez

Una de las maneras más fáciles de enturbiar y deteriorar una relación humana es por medio de las discusiones. Cuando dos personas comienzan a discutir y, por supuesto, no hablo de la contraposición civilizada de ideas, de las necesarias discusiones para deponer actitudes antagónicas y construir consensos, sino de las conductas viscerales que suelen tornarse irracionales, la inteligencia de obnubila, el tono amable y conciliador se abandona, y se opta por los gritos, y la convivencia se vuelve inviable y se generan distancias difíciles de salvar.

En la relación conyugal, en la vida de familia, en los ambientes de trabajo, en la amistad, en la existencia ciudadana, es normal y natural que haya distintos puntos de vista, diversas maneras de explicar la realidad, enfoques disímiles sobre los mismos asuntos, y, por el bien de todos, en lugar de discutir de mala manera se vuelve necesario establecer diálogos, en los que se definen marcos de tolerancia y de respeto, que hacen innecesaria la confrontación.

El problema con las discusiones es que suelen comenzar por nimiedades, pero, el estado de ánimo de los interlocutores, hechos del pasado sobre los que no se conversó, antiguos rencores que han ganado “peso”, y mil cosas más, las convierten en campos de batalla en donde lo que se busca es aniquilar, humillar, aplastar al otro, y ese otro puede ser el cónyuge, un hijo, un colega, un amigo, un opositor político, etc.

Y una vez comenzado el duelo, iniciados los ataques, se esgrimen armas que no venían a cuento, se “descongelan” asuntos que parecían olvidados, se actualizan recuerdos sobre situaciones que se creían superadas, y se confecciona una mezcla explosiva de irracionalidad, malas maneras, gestos amenazantes y tonos de voz elevados.

Lo anterior, claro está, en nada abona a la paz familiar o social y, si va “in crescendo”, perfila un horizonte amargo en el que la aspiración a la felicidad llega a ser un espejismo, algo imposible de alcanzar.

Por lo anterior, en cualquier relación entre dos personas, deben desterrarse las discusiones, entendidas, repito, como la confrontación irracional de puntos de vista acompañada de gritos y gestos amenazantes, y ser sustituidas por ese diálogo verdaderamente humano en el que cada uno, cada una, se expresa sin miedo a la reacción ajena, se sabe y siente respetado, y se dedica a construir puentes en lugar de levantar muros. Y todo sin levantar la voz, sin perder el buen tono, sin sacar lo peor que todos podemos llevar dentro.