El 27 de octubre de cada año se celebra en nuestro país el Día del Médico. Fecha instituida como tal que desde 1972 y mediante la cual se pretendió exaltar la conciencia nacional del ejercicio de la Medicina. Han pasado 49 años desde entonces. El ambiente y el ejercicio de la profesión son distintos ahora.

Hay más población, las personas viven más tiempo, y por ende también más enfermos. Deberíamos tener 25 médicos por cada 10,000 habitantes y tenemos apenas cerca de 13.

La población en general ha cambiado la imagen que tenía del médico como en antaño. Los medios televisivos especialmente, y las redes sociales han creado un ambiente hostil al desempeño de la medicina. Antes los médicos eran dignos de respeto, ahora se les denigra con ligereza y hasta les llaman asesinos en programas televisivos. Nadie estudiará una carrera tan demandante y sacrificada para ser peor persona y mucho menos para hacer daño o matar. El problema es que a diferencia de otras profesiones, el médico no puede permitirse una equivocación porque puede ser fatal.

Se les considera de una clase privilegiada, pero eso viene de muchos años atrás cuando los médicos eran pocos y el poder adquisitivo del dinero era mayor. En la actualidad luchan y se esfuerzan por vidas decorosas, como todos.

Sufren y se preocupan cuando algo no está saliendo bien con un paciente. Eso es algo que nadie se los podrá pagar, nunca. Es desgastante. Estas situaciones lo vuelven retraído, taciturno, solitario, porque solo él sabe las batallas donde ha estado, los dramas que ha sorteado. Momentos de angustia en la toma decisiones, noches de desvelo con pacientes graves, momentos donde no hay familia ni amistades, solo él, su conocimiento y su experiencia.

En esta pandemia los han llamado héroes porque murieron infectados por el virus en sus trabajos por culpa de los necios. Quiero pensar que sí lo fueron, no por su muerte incomprensible, sino porque continuaron su labor de servicio y entrega a pesar del riesgo que corrían.

Ese es el médico. Un humano que escogió como forma de vida curar enfermos, aliviar el dolor y sufrir en el proceso, elevándose conforme madura, a mayores dimensiones del dar y servir. A esos colegas mi respeto eterno. Es un honor transitar el camino junto a ustedes.

“Cuando tropiece dame valor, cuando me canse renueva mis fuerzas, cuando flaquee porque soy humano inspírame durante más tiempo. Ayúdame a recordar que elegí servir, y a hacerlo con generosidad”. (Darlene Larson).