En estos días en que mucho se habla de civismo, sin que haya plena conciencia de lo que es el auténtico amor a la Patria, es oportuno evocar la figura del general Francisco Morazán, cuyo asesinato se conmemora el 15 de septiembre, junto con la independencia.
Veamos primero cómo describía al prócer el escritor norteamericano John L. Stephens después de verlo en el exilio: “Era como de cuarenta y cinco años de edad, de cinco pies y diez pulgadas de estatura, delgado, con bigote negro y barba de una semana, con levita militar abotonada hasta el cuello y espada al cinto. Estaba sin sombrero y su fisonomía era dulce e inteligente. Aunque todavía joven, durante diez años había sido el primer hombre del país y ocho años Presidente de la República Federal de Centroamérica”.
Durante su período como presidente de la Federación, Morazán tomó medidas progresistas de corte liberal. Buscaba proteger la manufactura local y soñaba con la apertura de un canal interoceánico que se abriera paso por Nicaragua. En lo educativo impulsó la instrucción pública sin la injerencia de la Iglesia. Propició la libertad de culto, eliminó los diezmos pagados a la Iglesia y estableció el matrimonio civil como único válido ante la ley. Sus ejecutorias no solo encontraron oposición en el alto clero y los conservadores centroamericanos, sino también en liberales quienes suponían que ciertas medidas unionistas restaban poder a cada uno de los cinco estados.
El caso es que cada provincia quería mantener hegemonía sobre las demás. Sin duda, estas fueron algunas de las causas de la ruptura de la unión centroamericana y, como consecuencia, del vil fusilamiento del héroe aquella gris mañana en San José, a 21 años de la independencia. Esta había surgido débil porque no fue producto de una revuelta de los sectores pobres que durante tres siglos estuvieron subordinados al imperio español, sino fue más bien una reacción de los criollos guatemaltecos para asegurar la continuidad de sus privilegios coloniales.
Alguien me preguntó cierta vez, qué tuvo que ver Francisco Morazán con la emancipación política de Centroamérica, y se sorprendió cuando le contesté: absolutamente nada. La figura del héroe emerge en la historia, casi nueve años después de aquel acontecimiento, cuando, con su Ejército Aliado Protector de la Ley, logra derribar a los conservadores que se habían apropiado ilegítimamente del poder de la federación, encabezados por Manuel José Arce y Mariano Aycinena. En referencia a este golpe a la aristocracia surge aquella frase lírica que escribió Morazán, meses antes de su fusilamiento: “Ni el oro del Guayape, ni las perlas del Golfo de Nicoya, volverán a adornar la corona del marqués de Aycinena”. Que el espíritu morazánico se apodere de nuestros políticos.