Ciertamente que las grandes crisis como la actual se pueden convertir en los escenarios perfectos para que se manifiesten de forma maravillosa desde los más altos valores como la solidaridad y la empatía, pero también los más bajos instintos como la vernácula corrupción estatal.
Muestra palpable de ello han sido las compras que ha realizado Robeco, digo Copeco, por medio de las cuales se han dejado ver los niveles pavorosos de corrupción que se aprovecha de esta circunstancia para seguir drenando sin misericordia los ínfimos recursos del pueblo.
Es vergonzoso que hasta la representación diplomática de un país europeo se haya visto forzada a emitir declaración en la cual se desmienten supuestas compras emergentes en aquel país del Viejo Continente.
Y todo ello solo aviva la impotencia pues no existe ninguna separación ni independencia de poderes que permita un sentido de veeduría seria y honesta que cuide los recursos, al contrario, todo es una maraña y red que se aprovecha de forma maliciosa y maligna de los miles de millones que se han aprobado y solicitado en préstamo para afrontar la emergencia.
Así como para muchos el huracán Mitch les cayó como anillo al dedo para hacerse millonarios de la noche a la mañana, de la misma forma el COVID-19 está dejando con su estela miles de nuevos pobres, y muchos nuevos potentados de las esferas gubernamentales. Habrase visto comprando mascarillas de papel a cien lempiras la unidad, no solo es el hecho de la sobrevaloración de un pedazo de papiro (que por supuesto es perversa), sino el daño inminente a la población, pues dichas mascarillas no tienen absolutamente ningún sentido de protección contra el virus.
Quizás en un tiempo cuando regresemos al Estado de derecho las autoridades descubran que el desfalco de los miles de millones en el IHSS fue una migaja insignificante en comparación a todo lo ocurrido en la emergencia del COVID-19.