El verdadero problema que nos ocupa no es tanto el entendimiento como la fe misma, sino la obediencia. El entender no es necesario para la obediencia, pero sí la fe, ya que si solo obedezco cuando entiendo he reducido a Dios al razonamiento humano. Uno de los grandes misterios de la vida es que le ocurran cosas malas a gente buena: hay pérdidas, adversidades, a personas auténticas, no perfectas, pero de gran corazón, pues todos somos mortales. El gran apóstol
Pablo lo experimentó en golpes, naufragios, mentiras, engaños, traiciones, persecuciones, críticas, hambrunas, oposición en todas las ciudades; sin embargo, su llamado fue hacia delante y hacia arriba, cumpliendo el propósito de Dios. He visto por muchos años que la incredulidad y la falta de pasión hacen que muchos cedan el paso a las circunstancias de la vida pensando que Dios las envió; pero la eternidad es el fundamento a la lógica y a la razón, la eternidad pone en su lugar la pérdida, pues las pérdidas son temporales. Vivir con la conciencia limpia de que un día daremos cuenta de nuestra vida añade una medida de sabiduría. Que en este día la revelación llegue a su corazón.