El deseo de felicidad hoy vende, es utilizado por la política y por la economía para sus intereses. Aparece en sus discursos y en la calle, como reclamo publicitario. La felicidad se asocia a estereotipos de belleza, riqueza y juventud y se ofrecen modos de conseguirla. Cuando se han recorrido esos falsos caminos de búsqueda hasta el final o en tiempo suficiente como para percibir el peso del vacío interior que dejan, del fondo surge la pregunta sobre el sentido de la vida. Ser consciente de ese vacío experimentado será punto de partida para comenzar una nueva búsqueda.

Ese deseo que no tiene fondo habla de la presencia de Dios en nosotros. Abismo entre la finitud y el deseo de Dios que él mismo pone en nosotros. Toda la condición humana refleja esta condición de destinatarios de Dios. Este “quien” es el que entra en relación con Dios. Aunque seamos finitos, nuestra intimidad más íntima nos dice que no nos agotamos en nuestra finitud, sino que tenemos la dignidad de quien lleva en sí la huella de Dios y el reflejo de Quien nos ha llamado a la existencia y nos mantiene en la vida.

El deseo de Dios está inscrito en el corazón del hombre, porque el hombre ha sido creado por Dios y para Dios; y Dios no cesa de atraer hacia sí al hombre, y solo en Dios encontrará el hombre la verdad y la dicha que no cesa de buscar. La razón más alta de la dignidad humana consiste en la vocación del hombre a la unión con Dios. Existe pura y simplemente por el amor de Dios, que lo creó, y por el amor de Dios que lo conserva. Y solo se puede decir que vive en la plenitud de la verdad cuando reconoce libremente ese amor y se confía por entero a su Creador.

No estamos hechos para que nos satisfagan cosas, encuentros, regalos de Dios o noticias suyas... Solo Dios es capaz de saciar nuestra sed, de llenar nuestro vacío. El deseo de Dios nos pone en camino y nos va ensanchando por dentro, nos hace capaces de “más Dios”, nos va haciendo a su medida, dilata nuestra capacidad de amor y de servicio. Proyecto Nudo STJ ¿Qué llena su corazón?