En 1987, había un puñado de universidades privadas y menos de 35,000 estudiantes en el sector superior consolidado. En la actualidad hay más de 250,000 estudiantes a nivel universitario, con unos de 25,000 graduados anuales.
Igual situación se da en la educación media, donde de tener menos de 10,000 graduados anuales hemos pasado a más de 130,000 (cifras de “Honduras en Cifras”, Banco Central de Honduras).
Los colegios privados han crecido en forma exponencial, tanto en su cantidad como en sus ubicaciones.
Este es un resultado favorable de gran magnitud, pero que por su volumen abrumador genera posibles degradaciones en calidad.
La evidencia anecdótica y personal se va volviendo cada vez más difusa a medida avanza el crecimiento del sistema, por lo que se necesitan formas institucionales de medir resultados para asegurar los recursos (públicos y de los padres en el sistema privado) sean bien invertidos.
Existe un problema adicional de que todos los programas son definidos como uniformes.
En el sistema privado las condiciones de ingreso están limitadas primariamente por la capacidad de pago, y existen pocas formas de medir la calidad del producto. Sin la segmentación o forma de medición, los estudiantes están en la oscuridad en cuanto a sus prospectos, más allá de su experiencia.
Afortunadamente, existe una herramienta que puede servir de base a un sistema de medición de la calidad educativa. Esta es la Prueba de Aptitud Académica (PAE) de la UNAH, la cual se ha ido desarrollando con buen suceso a lo largo de los años. Esta se puede generalizar para hacerla un requisito obligatorio de ingreso a cualquier centro de educación superior del país. Esto lograría una muestra más completa del universo de estudiantes, y otras ventajas adicionales.