Toda forma de confinamiento que ponga bajo arresto a una persona es una experiencia traumática que modifica su comportamiento en el entorno social particular. Es pues sencillo concluir que la libertad humana es el bien por antonomasia después de la vida.

Sin embargo, hay muchos que viven otros tipos de encarcelamientos que no les permiten apreciar el panorama completo, embaucados frente al árbol sin ver el bosque, viendo la estrella sin ver el firmamento.

Desde inicios de 2020, el mundo se vio sometido a un confinamiento brutal como una medida de generar el quiebre global hacia una nueva normalidad. Ese escenario fue una oportunidad espléndida de autoevaluación para generar un pensamiento renovado. Sin embargo, muchos salieron a la nueva normalidad con la mente aún en la ergástula: resistentes al cambio, con las mismas ortodoxias, con el mismo molde, con las mismas oscuridades, con los mismos resabios y con iguales acciones.

Con ello, por supuesto, no estoy sugiriendo que la cuarentena sea capaz de cambiar a alguien, sino que fue la oportunidad perfecta para ordenar el tablero para definir una nueva estrategia en el juego de la vida. Muchos están en jaque, pues no saben cómo mover piezas en la nueva normalidad.

Usted, amable lector, podría evaluar su propia realidad poscuarentena: en su trabajo, en su formación académica, en su escenario eclesiástico, en su vida familiar, en su gestión empresarial, en su esencia de vida y, a partir de ahí, comprometerse a rediseñar su táctica para afrontar el futuro, que ya es ahora.

Los grandes líderes son pensadores, soñadores y adelantados a su tiempo, sus movimientos están determinados con antelación para que cuando llegue la oportunidad estar listos para dicho encuentro. Usted y yo también desatemos las ligaduras y rompamos las cadenas de pensamientos oscuros que nos confinan a celdas de oscuridad. El tiempo es hoy, la luz está detrás de la puerta.