La carencia o la falta de cualidades propias o las imperfecciones morales de cada quien van de acuerdo a su bagaje cultural, o a la clase de sociedad de que se trate y en muchos casos aparejado a sus virtudes. Por ejemplo, un parisino puede ser doblemente orgulloso, puede estarlo por su ciudad a la cual consideran la más bella del mundo, criterio que yo comparto totalmente, y puede ser orgulloso o arrogante simplemente por ser oriundo de París. En el primer caso se trata de un orgullo en sentido virtuoso, y en el segundo sería un defecto de carácter; en general el francés es orgulloso pero no peyorativamente, sino que por su alta cultura y tradiciones de este tipo, como por ejemplo, están orgullosos por ser los campeones en el mundo en la defensa de los derechos humanos, o pueden estar orgullosos por su alto grado de cultura o por su ínfima tasa de analfabetismo que casi no existe en Francia, de ahí la denominación de “ciudad luz” que se le da a París, por la luz del pensamiento que adviene con el renacimiento de las artes y de la cultura. En Honduras, tenemos poco o casi nada para sentirnos orgullosos ni tan siquiera tenemos identidad nacional. ¿Cómo podríamos estarlo por ocupar primerísimos lugares en el planeta como un país corrupto? O por nuestra alta tasa de homicidios que nos convierte en el país más violento del orbe. ¿O podríamos orgullecernos porque los hondureños ingieren más aguardiente que leche, o porque existen más cantinas que escuelas? ¿Cómo podríamos sentirnos orgullosos, si aquí se detiene, se procesa y se condena aquel que hurta una gallina, pero no se hace nada contra aquellos que quiebran financieras o instituciones bancarias más bien se reforman las leyes para lograr su expedita excarcelación. Después de que los mexicanos inventaron la “mordida”, acá se institucionalizó y todo gira alrededor de ella, como sucede en los trámites administrativos o judiciales, en las licitaciones o en las compras directas que se ha convertido para el presente régimen en un filón de oro. El hondureño es desidioso en su trabajo, mas tratándose de un empleado público; en la Enee, por ejemplo, han obtenido como “una conquista” laboral salir los viernes de sus labores a las tres de la tarde, pero mañosamente cierran las gavetas de sus escritorios a las dos con treinta, esta desidia sucede también en Hondutel y en otras entidades públicas que con tanto privilegio que otorgan están al borde de la quiebra, llegándose hasta el colmo, al ordenar el presidente de la República asueto para la burocracia para que puedan ver los juegos de la Selección, sin importar nuestro pobre desarrollo y nuestra escasa productividad.
La lealtad, la honradez y el sentido de responsabilidad se han perdido en nuestro país, hay que hacerle daño al patrono o al Estado como consigna y ningún plumazo más después de las horas laborales. El orejismo y el chisme están a la orden del día en las empresas del Estado, en las instituciones públicas y en el Servicio Exterior. ¿Es que podríamos estar orgullosos de ello?
La sociedad hondureña se está degradando aceleradamente, oficiales de policía como se ha denunciado, son sicarios o están al servicio de la narcoactividad, algunos fiscales, particularmente en San Pedro Sula se han enriquecido ilícitamente y algunos jueces, no todos por supuesto, se coluden con los demandantes en las acciones contra el Estado; algunos médicos han perdido los principios humanistas que puso en boga Hipócrates convirtiéndose en simples mercaderes de la salud, como se evidencia con su ilegal paro, sin importar la salud de sus pacientes.