Una manifestación clara de autodominio, de señorío de uno mismo, es, sin duda, el ejercicio de la virtud humana, del hábito ético, de la cortesía. Podría pensarse, y nada más equivocado, que quedarse callado ante una injuria o responder serenamente ante un insulto es asunto de cobardes. Y lo cierto es que resulta mucho más fácil reaccionar irracionalmente o echar mano de la zafiedad para defenderse que primar la educación, las buenas maneras, la prudencia, para responder correctamente a un ataque, independientemente de donde proceda.

Uno de los males de la cultura contemporánea es el espontaneísmo; un afán por hablar y actuar “sin filtro”, sin pensar en los sentimientos ajenos o en las consecuencias de lo dicho o de lo hecho. Claro está, tampoco podemos hacer apología de la hipocresía, de la doblez, pero no podemos ir por ahí inoculando veneno, dejando huellas viscosas porque no somos capaces de refrenarnos, de usar el tono adecuado, en el momento adecuado, por motivos realmente válidos.

De Aristóteles para acá, el fin principal de la ética es la búsqueda de la convivencia humana civilizada. Algo que la ética nos enseña es que el ejercicio de las virtudes humanas lubrica las relaciones sociales, vuelve posible la coexistencia entre hombres y mujeres que ven la vida desde diversas perspectivas y que, por lo mismo, resulta imposible que coincidan en todo. El vasto universo de lo opinable vuelve viable que cada caminante siga su propio camino mientras no pretenda obligar a otro a marchar por su senda particular.

Pocas cosas contribuyen tanto a la convivencia amable como las normas de cortesía, eso que se ha llamado tradicionalmente ser educado. Y es que pedir permiso, disculparse cuando hace falta, respetar el turno del otro, saludar, felicitar, usar siempre un vocabulario libre de palabras soeces, dar “el brazo a torcer” cuando no es un asunto de vida o muerte, etc. vuelven la vida, la propia y la del otro, más acogedora, más agradable.

La familia juega en este caso, como en tantos otros, un rol fundamental. Es ahí donde, con el ejemplo y con las palabras, se nos hace ver la necesidad, la importancia de guardar unas formas que no son una especie de reliquia, algo pasado de moda, sino sumamente útiles.

Cuando contemplamos nuestro entorno, y somos testigos de la conducta de personas que deberían ser ejemplares y que se han olvidado de serlo, cómo nos gustaría poder decirles, a solas, para que no pasen vergüenza, que lo cortés no quita lo valiente.