24/11/2025
09:10 AM

Mujer, ¿por qué lloras?

Jesús pregunta a María Magdalena la causa de sus lágrimas; ella responde en primera instancia: porque se han robado el cuerpo de su Maestro. Pero ella llora además porque la injusticia prevaleció, porque se cometió el crimen más siniestro de la humanidad, porque mataron al inocente, el que cargó con la culpa de todos los hombres y fue llevado como cordero al matadero. Llora porque callaron a la verdad y eliminaron al que iluminaba la realidad. Llora porque se llevaron a la tumba al único que la miraba con pureza, la trataba con dulzura y respeto, al que le daba a ella palabras de vida eterna. ¡¿Y cómo no llorar por eso?!

¿Cómo no llorar cuando hay miles de niños desnutridos y madres anémicas desesperadas porque no encuentran comida para sus hijos? ¿Cómo no llorar cuando tantos jóvenes son asesinados en nuestras calles? ¿Cómo no llorar cuando masas hambrientas buscan empleo y no lo encuentran? El pecado de egoísmo como plaga mortal se cierne sobre la humanidad y grupos insaciables de poder y de dinero tejen redes tenebrosas de marginación y destrucción de los tejidos sociales, destruyendo familias y oportunidades, provocando un crecimiento inconmensurable de pobreza y de miseria.

¿Cómo no llorar cuando se siente la impotencia para detener esta ola de inconsciencia y de indiferencia, de codicia y de maldad que ocupa el corazón de tanta gente que se convierte en el lobo de sus propios congéneres. Estamos como María Magdalena ante la tumba vacía del Señor, llorando desconsolados porque lo mataron y además lo desaparecieron.

Pero al igual que ella estamos equivocados ya que no se robaron el cuerpo, ha resucitado, el Señor está vivo, sentado a la derecha del Padre, presente plenamente en la historia y asumiendo la creación entera, recapitulando todo en Él, llevando hacia al Padre a sus hijos e hijas que lavaron su túnicas con la sangre del Cordero, rescatando a las víctimas de las atrocidades cometidas por la humanidad al seno del Dios vivo para estar con Él eternamente.

El mal jamás vencerá al bien y aunque pareciera que así fuera por las evidencias tan crueles de la historia y el presente tan dantesco en que vivimos, Dios no se dejará vencer. El Reino se sigue construyendo entre las ruinas y cenizas de una civilización en decadencia y los millones de muertos empezando por el justo Abel despertarán a la vida eterna y como los huesos secos de Ezequiel serán revestidos de gloria y reconstruidos plenamente por el poder infinito de un Dios que es todo omnipotencia. ¡Dios no se dejará vencer!

Nos toca a nosotros consolar a los tristes con la buena nueva de la salvación, manifestando en todas partes que Cristo ha resucitado y que ya nos abrió las puertas del cielo y así levantar el ánimo de los golpeados por los infortunios de la vida y construir el Reino de Dios reparando con amor los tejidos rotos por Satanás en los vínculos familiares, sociales, económicos y aún eclesiales, porque en todas partes hay dolor y angustia, desesperación y deseos de iluminación.

María Madgalena descubrió que era el Señor cuando la llamó por su nombre: ¡María! Solo había alguien que decía ese nombre con tanto respeto y cariño, con un amor tan puro y pleno, que sin importarle el pasado caótico de ella, la perdonó y la elevó a discípula del Reino. Solo había alguien que no la despreciaba por sus pecados anteriores ni la deseaba carnalmente como tantos hombres… ese era Jesús de Nazaret. Y ella lo reconoció al pronunciar su nombre y se dio cuenta de que había resucitado.

¡Sí, ha resucitado y no muere más! Y con él también nosotros resucitaremos. Eso fue lo que proclamó María Magdalena a los discípulos y a todos. Se convirtió en mensajera del Reino. Tuvo la dicha de que fue la primera que vio a Cristo resucitado. ¡Qué honor y privilegio para una mujer que había sido liberada de siete demonios!

Y si ella fue por el Señor sanada de tanta maldad y elevada a tanta santidad y al honor de ser la primera en verlo resucitado, ¿por qué a nosotros no nos derramará su gracia redentora y nos levantará de nuestras espirituales miserias? La misericordia del Señor es infinita y no importan los pecados cometidos o el pasado más desastroso, si nos arrepentimos, porque el amor de Dios es infinitamente más grande que nuestro peor pecado, y él puede hacer de nosotros creaturas nuevas y alabanza de su gloria, porque para Dios nada es imposible, ya que con él somos invencibles.